Peligroso ejercicio es el de la incredulidad: los que no creen en nada acaban por no creer ni siquiera en sí mismos.
Malbéne, a quien algunos han llamado "el teólogo del sentido común", charlaba cierto día con un incrédulo. La conversación de los incrédulos suele ser muy aburrida, pues se la pasan diciendo: "No lo creo". Pero la cortesía de Malbéne es tan grande como su fe.
-No puedo creer en Dios -decía el escéptico-. Porque, si hay un Dios, entonces ¿cómo se puede explicar la existencia del mal?
-Yo en cambio no puedo dejar de creer en Dios -respondió Malbéne con una sonrisa-. Porque, si no hay un Dios, entonces ¿cómo se puede explicar la existencia del bien?
El incrédulo no dijo nada ya, y se puso muy serio. Los incrédulos se ponen muy serios cuando no pueden decir nada ya.
¡Hasta mañana!...