Al principio la tortuga no tenía la rugosa piel que tiene, ni sus duras extremidades, ni su caparazón.
El Señor la creó, y luego de pasado un millón de años le puso esa arrugada piel.
Transcurrió otro millón de años, y la dotó de fuertes patas.
Otro millón de años pasó, y le dio su caparazón.
La tortuga se angustió por todos esos cambios evolutivos. Le suplicó al Creador:
-¡Por favor, Señor! ¡No tan aprisa!
¡Hasta mañana!...