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Museo del Estanquillo: diorama de México

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Museo del Estanquillo: diorama de México

Museo del Estanquillo: diorama de México

Alfonso Nava

El Museo del Estanquillo es un recinto fuera de lo común, pues entre sus paredes alberga una colección de objetos con los que el legendario Carlos Monsiváis configuró el país que diseccionó asimismo en su trabajo literario.

Sin coleccionismo no se articulan los núcleos culturales importantes, y la de Carlos Monsiváis es una colección de colecciones.

Rafael Barajas el fisgón

El célebre mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda, de Diego Rivera, pudo estar basado en un sueño de Carlos Monsiváis. Esa acumulación de personajes y sus trasfondos expresa la clase de aproximación que Monsi dedicó a la cultura mexicana, y no sólo en cuanto al tema sino en el estilo mismo, humorístico y antisolemne, e incluso en una prosa que acusa un acopio casi barroco entre lo culterano y la oralidad chilanga. La acumulación es un sello del cronista: de una magna biblioteca, de una obra prolífica, de gatos, de calles apropiadas bajo el disfraz de marchante o el de “turista japonés” -como lo calificara Roberto Bolaño.

Pero la postal de Rivera se queda corta y los paseos de Novo en la ciudad no llegan tan lejos. Es probable que ningún miembro de la izquierda mexicana haya estado en tantas marchas y mítines como el célebre Monsi; sólo un Alfonso Reyes lo habría igualado en la audacia de la atención ubicua (de lo pop a la alta cultura, del mal gusto a lo sublime) sin perder prestigio. Quizá en México ningún otro escritor se equipara a Monsiváis en la magnitud de sus aproximaciones (acertadas o no, cuestionables o no, pero siempre extensas) a esa totalidad que es México, y sin embargo no dejan de ser eso, aproximaciones. El México de Monsi, diseccionado con rigurosas herramientas críticas, tiene tanto de ficción como el mural de Rivera.

Hablar de una realidad implica inventarla primero. O recrearla. La colección de objetos diversos que resguarda el Museo del Estanquillo podría ser el México que Carlos Monsiváis construyó o recreó dentro de su casa para poder verlo lo más cerca posible. Tal conjunto, agrupado durante más de 40 años, es una sinécdoque de nuestro país.

ALEPH TRICOLOR

El Museo del Estanquillo fue creado en 2006 por iniciativa de Rafael Barajas y Carlos Payán, con el apoyo del gobierno del Distrito Federal, el Fideicomiso para el Centro Histórico, la UNAM y la Fundación para el Centro Histórico.

Carlos Monsiváis otorgó su colección en comodato y él mismo bautizó al recinto, en honor a los establecimientos comerciales así llamados en donde los marchantes podrían encontrar cualquier tipo de enseres y comestibles en un solo lugar. El inmueble que albergaría el museo cumplió por muchos años con esa misma naturaleza de convergencia: el edificio La Esmeralda, antigua sede de la joyería homónima, se encuentra ubicado en la esquina que forman las calles Madero e Isabel la Católica, uno de los rincones más transitados de la metrópoli.

Salvo la planta baja, el resto de la construcción es para el Museo del Estanquillo. Los primeros dos pisos son salas de exposición del acervo Monsiváis. El tercero y cuarto tienen una sala de exposiciones temporales, una biblioteca especializada en arte y culturas populares (que consta de 10 mil ejemplares, integrada con donaciones de la UNAM, el Conaculta y el FCE), un área de eventos, otra de talleres y las oficinas. La terraza es una zona de descanso en la que se halla una tienda de souvenirs y una cafetería. Esta área obsequia una vista privilegiada al primer cuadro de la ciudad, una butaca para percibir exactamente las mismas imágenes, olores, colores y sonidos que las exposiciones comparten desde su silencio.

Espacio y colección ofrecen una experiencia simultánea de contemplación a esa realidad mexicana que a veces resalta y otras se esconde en su apariencia pintoresca. Ya sea dentro de alguna de las salas o desde el vértigo de la terraza, el visitante atisba una infinidad de ‘cosas’ en un espacio pequeño que parece contenerlo todo. Como en el aleph borgiano. Como en los viejos estanquillos.

CREAR, RECREAR

El acervo del Museo del Estanquillo posee alrededor de 12 mil objetos inventariados a la fecha (presumiblemente, las posesiones del escritor son aún mayores). Está dividido en cinco módulos: fotografía; miniatura y maquetas; grabado; dibujo y caricaturas; vida cotidiana. Salvo por este último (que incluye artículos tan diversos como juguetes, almanaques, libros, partituras, publicidad gráfica y más) los módulos están distribuidos por su material o plataforma.

Tal taxonomía permite que el juego de recreación o invención de la realidad se expanda. Imaginemos que las 12 mil piezas integran un rompecabezas; ahora supongamos que todas embonan entre sí: cada armado, en una sintaxis pertinente, proyecta una imagen final coherente y significativa. Así, 17 de las 23 exposiciones que hasta ahora ha ofrecido el museo fueron ensambladas con las mismas piezas, dispuestas en ordenamientos temáticos dedicados a personajes, creadores, eventos históricos o escenarios de la cultura mexicana. Sólo uno se ha enfocado exclusivamente en la plataforma: Difamación a la miniatura.

La más disociada de las exhibiciones fue la inaugural En orden de aparición. El criterio curatorial fue presentar piezas representativas y con ello dar nota del propio coleccionista en su naturaleza de acumulador, en el afán azaroso que dio lugar al acervo y en mostrar lo mucho que tales artículos dicen de nosotros aún agrupados en aparente caos.

La astroquímica ha demostrado que los planetas que conforman nuestro sistema solar son sólo armados distintos de los mismos elementos químicos; cada preparación es una realidad distinta, pero siempre con la misma sustancia como base. Ese proceso creador lo realiza también el visitante, el curador y en su momento el generador del Museo del Estanquillo.

RUIDO DE FONDO

El mural de Rivera parece tener como música ambiental las melodías de un organillero; el Huapango de Moncayo ilustra muchas estampas de la mexicanidad. La música de fondo del Museo del Estanquillo no es tan armónica, pero sí más cercana a la experiencia cotidiana: el tránsito vehicular, los merolicos, vendedores ambulantes y un largo etcétera. Los museógrafos diseñaron una atmósfera sonora para cada segmento de la colección, según sea pertinente. Los sonidos de la ciudad acompañaron la exposición dedicada a Gabriel Vargas, creador de La familia Burrón; el bullicio del mercado y las plazas públicas colorea la sala donde aparecen las maquetas y dioramas que ilustran escenas de la vida nacional. Canciones de Tin Tan se escucharon en la exposición Lo oculto y lo expuesto. Música a go-go y la célebre cumbia de los luchadores, creada por la Santanera, modularon la exposición sobre Rodolfo Guzmán, El Santo.

Monsiváis le dio cabida a esa suma de expresiones y ruidos en sus libros; alumbró las voces escondidas y quitó el velo a los “sin voz”. Ese mismo procedimiento ocurre en la elocuencia de las 12 mil piezas del acervo, en todas sus sugerencias sonoras; en el asombro, la risa, las preguntas de los visitantes; en el silencio de quienes no encuentran en tales muestras un arraigo personal.

Los astrónomos llaman “ruido de fondo” a las vibraciones y fenómenos sonoros que se quedan a manera de eco (a veces incluso durante miles de años) de eventos como una explosión solar, un big bang. A todo acto de creación le sobreviene una sinfonía hecha con ese ruido de fondo y en el Museo del Estanquillo hay una saturación tal, que cualquiera se sorprendería por la cantidad infinita de Méxicos que caben en un espacio tan pequeño.

Correo-e: ziggynsane@gmail.com

EL MUSEO EN LA RED

www.museodelestanquillo.com

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