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Sobreaviso

RENÉ DELGADO

El martes algo se juega México en Estados Unidos. En la cerrada contienda por la Presidencia de ese país se cifra no la cooperación entre los dos vecinos, pero sí el matiz en sus términos, concepto, amplitud y diversidad...

La permanencia del demócrata Barack Obama en la Casa Blanca o la llegada a ella del republicano Mitt Romney introducirá ajustes a la relación bilateral méxicoestadounidense. El grado y la medida de esos ajustes podrán comenzarse a calcular cuando, agotada la incertidumbre electoral, se tenga la certeza política de quién ocupará y en qué condiciones la Presidencia de Estados Unidos. Se sabrá, entonces, si el ajuste es de detalle o de fondo.

Empero, más allá del concepto de Obama o de Romney sobre la relación mexicoestadounidense -que, conforme al debate que protagonizaron, no aparece en el horizonte de su atención ni preocupación-, importa saber cuál es el concepto del próximo gobierno mexicano, ése sí ya electo, sobre el vínculo con Estados Unidos.

¿La relación con Estados Unidos se mantendrá concentrada en el rubro de la seguridad y el combate al tráfico de drogas, sujetando sus otras vertientes al ritmo de la circunstancias? ¿Se buscará desplegar, equilibrar e integrar la diplomacia mexicana hacia Estados Unidos a partir de objetivos nacionales claros y del reconocimiento cabal de su diversidad y complejidad? ¿Se va encapsular la variedad de su temática para, llegado el caso, evitar la contaminación de su conjunto o, como en otras épocas, se buscará negociar en paquete?

Se puede especular sobre los ajustes que se operen desde la Casa Blanca, pero no de los que pretendan realizarse desde Los Pinos.

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Puede parecer descabellado, pero no es improbable que el efecto del fatídico 11 de septiembre de 2001 en la política interior y exterior de Estados Unidos aún no haya acabado de digerirse en México.

Quizá de los pocos que cobraron conciencia cabal de lo ocurrido fue el entonces secretario Jorge Castañeda. A partir de la caída de las Torres Gemelas, supo del desplome de la diplomacia ("the whole enchilada") que intentaba desplegar hacia Estados Unidos y de la resistencia interna que encontraría la idea de alinear la política exterior mexicana a la del vecino. Más allá del acuerdo o desacuerdo con su proyecto diplomático, Castañeda tuvo uno y comprendió, al paso de los meses -poco más de un año, para ser precisos-, que la dimensión de lo ocurrido hacía insostenible su estancia en la Secretaría. No era para menos, el movimiento del tablero fue mayúsculo.

A partir de entonces, la política exterior mexicana hacia el vecino del norte perdió el rumbo. Se vio inserta, cuando no plegada, a la política de seguridad nacional adoptada por Estados Unidos y, lo peor, los efectos colaterales de esa política como la incidencia de factores ajenos a ella repercutieron brutalmente en áreas sensibles de la problemática mexicana, sobre todo las relacionadas con la migración, el tráfico de drogas y el comercio.

A esa circunstancia se agregó algo no menos importante. Sin un concepto de país, el panismo menos aun tenía un concepto de política exterior. La contradicción hizo presa a la diplomacia mexicana. A veces imperaba una diplomacia de principios, a veces la dominaba el pragmatismo. A veces tuvo un carácter conciliador, a veces confrontacionista. A veces ponía el acento en proyectos multilaterales, a veces en asuntos bilaterales sin fijar el foco de interés.

El resultado fue atroz. La diplomacia mexicana perdió presencia regional sin ganar un mejor posicionamiento hacia el norte, ni apoyo ultramarino.

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El segundo capítulo de la política exterior desplegada por el panismo en el gobierno fue peor.

Las relaciones bilaterales hacia el sur del continente fueron incomprensibles. Por momentos no las gobernó el pragmatismo ni los principios, sino algo próximo al capricho ideológico, la admiración o la envidia y, entonces, fueron un galimatías que, por lo mismo, lejos estuvieron de integrar una política exterior. Hacia Europa hubo desdén, orgullo, indiferencia o descuido. Hacia Estados Unidos esa política fue única: rebotó entre el reproche amargo con tono nacionalista y la solicitud de ayuda con tinte globalizador, públicamente antiimperialista, privadamente solícita, esquizofrénica.

Sin capacidad de negociación seria hacia el norte, la diplomacia mexicana quiso cubrirse de gloria amparando iniciativas multilaterales siempre y cuando no fuera la relativa a la legalización de las drogas. El resultado fue la pérdida de su definición, influjo y equilibrio.

La diplomacia mexicana hacia Estados Unidos durante el panismo fue en extremo accidentada. A veces marcada por callada docilidad, a veces por la estridencia del reclamo airado. Incapaz de elaborar un lenguaje común de entendimiento. Un ejemplo, lo que para México fue un problema criminal con derrames hacia la sociedad, para Estados Unidos fue una plausible guerra contra los capos de la droga. Otro ejemplo: el peligro que para la seguridad pública de México y que para la seguridad nacional de Estados Unidos significa el desafío criminal nunca lo supo exponer ni explicar la administración calderonista.

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Desde esa perspectiva, el responsable de la política exterior del próximo gobierno tiene un reto enorme... hacia dentro y hacia fuera del país.

Hacia dentro debe convencer al presidente Enrique Peña de la importancia de poner en sintonía y consonancia la política interior con la exterior, a partir del alineamiento de objetivos y el restablecimiento de los canales de institucionales de comunicación para contar con una voz autorizada y no un coro desafinado. Hacia fuera encara el desafío de rehacer el tramado de las relaciones bilaterales prioritarias para que, en su aparente particularidad, se constituyan en el pivote de la recuperación del peso y la presencia mexicana en el plano internacional.

Si el próximo gobierno no consigue fijar y alinear claramente sus objetivos, la política exterior mexicana quedará sujeta a las determinaciones del vecino país sin margen de autonomía y maniobra propio. Buena parte de la recuperación -por no decir, de la reconstrucción del país- depende del desempeño de la diplomacia, pero es requisito saber qué es lo que se quiere para entonces salir al mundo.

Quién sabe qué ajustes puedan operar Barack Obama o Mitt Romney en la relación con México, pero no dependen de ellos los ajustes que el vínculo con Estados Unidos quiera operar y aplicar México. ¿Cuál es la definición mexicana ante Estados Unidos?

sobreaviso12@gmail.com

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