¿Que qué me han parecido los Juegos Olímpicos (así, por cierto, los nombro desde que una amiga periodista deportiva me enseñara que Olimpiada es todo el proceso que culmina en dos semanas de competencia, que son las que constituyen los Juegos), pues, a decir erdad, no sé.
Vi, a pedazos, la ceremonia de inauguración -ese día era cumpleaños de mi madre, y tenía yo una cantidad de trabajo lindante con lo obsceno, por cierto generada justo por los Juegos Olímpicos y su transmisión televisiva- y me pareció sembrada de grandes momentos -la pesadilla victoriano bélica, con sus enfermeras y sus escolares neurotizados me pareció particularmente hermosa; por no hablar de que por primera vez me reí, y mucho, con Mister Bean- aunque un poco arrítmica en su secuencia, lo que no habría esperado de un director como Danny Boyle.
Y, para ser franco, es todo lo que he visto de ellos: porque sigo sumido en el más angustiante y agotador de los surménages pero también, he de confesar, porque el asunto no guarda demasiado interés para mí. Y es que, si bien puede trastocarme la belleza de un cuerpo, ya augusta -digamos el de Nicole Kidman-, ya neumática - pongamos (por favor) el de J. Lo-, y si bien pueden conmoverme lo que hacen dos cuerpos (sobre todo como metáfora de algo no sólo incorpóreo sino inasible), ver un cuerpo que se supera a sí mismo es cosa que me deja bastante frío. (La limitación, lo reconozco, no es de los deportes sino mía, acaso en virtud de las taras de mi mente pero, sobre todo, de las de mi propio cuerpo, torpe, envidioso, cubierto creo que con buen gusto, pero al fin y al cabo con intención de ocultarse.)
Aun así, no pudo sino horrorizarme la pregunta formulada por un corresponsal del videochat del que participara hace algunos días: "¿Le parece bien que con tantos problemas que hay en el país estemos tan pendientes de los Juegos Olímpicos?" Y es que, aunque a mí las justas libradas en Londres la pasada semana y la próxima no me provoquen sino olímpico desinterés, lo que sí me conmueve profundamente es que a los que les conmueven les conmuevan tanto.
Quien se interesa por seguir estas competencias deportivas u otras cualesquiera se afirma en ese acto mismo dispuesto al azoro, a la maravilla, por las posibilidades del empeño humano, por la capacidad de los hombres para trascender su miserable condición animal. E idéntica cosa puedo decir de asuntos que sí concitan mi entusiasta interés: la literatura, el cine, la arquitectura, el diseño, el arte, la gastronomía, maneras todas de ir más allá de nuestro estatuto animal, pues es a fin de cuentas la cultura -y en ella incluyo también el deporte, aunque a mí en lo personal no me guste- lo que nos diferencia de perros y leones, de vacas y gatos.
Ocuparnos y preocuparnos de tales asuntos no nos hace peores sino mejores ciudadanos. Porque no impide que nos interesemos por los asuntos de la polis y de la sociedad y tratemos, en nuestra modesta capacidad, de incidir sobre su eventual resolución, pero también porque ese interés aparentemente frívolo o cuando menos accesorio es lo que hace que valga la pena que esa vida más justa o más moral o más benévola que anhelamos para nosotros y para otros merezca la pena ser vivida.
Dicho de otro modo -en una paráfrasis vulgarzona de Voltaire-, me dan un poco de güeva los Juegos Olímpicos, pero daría mi vida por tu conmovedor, casi edificante derecho de entusiasmarte por ellos.