Detrás de nuestras caras, que a veces son máscaras, andamos las personas circulando por la vida. Uno no acaba de saber si esa bella y perfecta compañera de trabajo tapó con maquillaje un golpe, en el rostro o en el alma.
Las angustias de un secuestro, como las de cualquier violencia, son silenciosas. La familia amenazada tiene prohibido decir nada a nadie, porque divulgar el caso nos pone en riesgo a todos.
Ayer, en el noticiero, dijeron que a un chiquito lo mataron con una inyección letal de ácido. ¿Para qué?
El miedo es parte de nuestro día. ¿Quiénes son los privilegiados que salen de casa sin temor ni riesgo en el pensamiento? Sólo si están seguros de que sus hijos estarán sanos y salvos al terminar la jornada. Todos tenemos afectos, a fin de cuentas, y parece que, junto al amor, va de la mano el temor.
Ese grupo de privilegiados no son ni los poderosos ni los menesterosos, recién descubrí que sí existe, es envidiable su membresía, y las inscripciones están abiertas.
Se trata de superhéroes que no salen en los libros de dibujos animados, ni en tv, ni en cine. Andan en la calle y en la casa cuidando de sus hijos, ayudando a sus hermanos y a su pequeño universo que mide una casa, una familia, una colonia. No portan más armas que valores bien fincados y, aunque no vuelan, son capaces de salvar a los suyos dándoles una educación social correcta y férrea.
Hace tiempo que volvimos a ser tribus, nómadas muchas de ellas, a quienes la modernidad nos lleva a vivir de un lado a otro. Perdemos fácilmente el sentido de la socialización y la convivencia; el dolor por los demás está en vías de extinción, y nos entretenemos leyendo en los diarios cómo destrozaron a un hombre o violaron a una niña. En ese marasmo nos estamos ahogando.
Pero ahí está ese grupo del que les hablo: no marchan para pedir la paz, no gritan ni exigen al gobierno. Su "plataforma electoral" consiste en recordarnos que los valores y los buenos modales no tocan ni a la escuela ni a l iglesia; la familia es la encargada de enseñarlos y mostrarlos para que luego la vida los refuerce. Ellos hablan de educar para la comunicación respetuosa en lo físico y emocional -y resulta ser el mejor fusil para combatir la corrupción y la maldad-.
No es un grupo cerrado, hoy mismo ustedes pueden inscribirse en este batallón y darle guerra al miedo que nos come a todos. Conquistemos primero la plaza familiar con honestidad -desde nietos hasta abuelos-, para después predicar en nuestro trabajo, en el templo y donde sea posible ganar más adeptos para construirnos una nueva sociedad que pueda salir a la calle con sonrisas.
Vivir con miedo es sobrevivir, y no es justo para nadie. Señoras y señoras, seamos soldados de este ejército, desde la cocina en nuestra casa, el patio de la escuela y el partido de futbol; a cada paso que demos, la vida nos está esperando a todos.