"El domingo 23 de junio de 2012, en la madrugada, se extinguió la especie de la tortuga Galápagos, Geochelone abigdoni". ¡Qué maravilla la evolución y qué triste la naturaleza!
Muchas cosas habríamos aclarado ya si las condiciones hubiesen sido las precisas para que, hace algunos millones de años, circulara por toda la Pangea la noticia de: "¡Extra, extra, anoche falleció el último Tiranosaurio Rex; el rey ha muerto, que viva el rey!", o algo así. La imposibilidad de ello, incluso la dificultad para registrar la extinción de cualquier otra especie, aun cuando sospechemos su cercanía, hace de este asunto tortuguil una cuestión para resaltar.
De alguna forma, cierta estoy, la naturaleza sí publica la noticia, pero en un código indescifrable, hasta hoy, para los humanos. Entre las plantas y los animales habrá el duelo correspondiente, porque la desaparición de un insecto, incluso con su pequeñez, derivará en un cambio total del universo, una readaptación imperceptible pero determinante para los derroteros de nuestro planeta.
El solitario Jorge, como se llamaba esta tortugota, cargaba por lo menos un siglo a sus espaldas… o a su caparazón; dicen que murió a consecuencia de un paro cardiaco, aunque en el rancho, con mayor precisión, aseverarían que murió de muerte, porque a esa edad, no hay muchas opciones para dejar este mundo.
¿Quién registrará la extinción humana? Un avanzado simio, tal vez, si tomamos las debidas previsiones y suponemos que, dentro de algunos millones de años, seres superiores vuelvan a poblar este planeta y quisieran saber cómo fue nuestra tragedia. Sin embargo, tendrían la mismísima dificultad contra la que luchamos ahora nosotros: no entendemos los códigos de otros.
Desde mi niñez escucho sobre la extinción de algo. Hay millones de personas en el mundo atentas a ello para comunicarlo con profunda pena. Ante esto, y muchos años después, cavilo sobre la conveniencia de dedicarnos otros tantos millones a la aparición de una especie nueva y, en lugar de acudir a un velorio, hacerle el baby shower a la naturaleza y prometerle cuidar a su nuevo vástago como si fuera nuestro… porque lo es.
Ya envié mis condolencias hasta Ecuador y un ramito virtual de flores. A Jorge, la tortugota, le pido mil disculpas, porque nos llevamos toda su vida tratando de entender cómo evitar su muerte… y no lo logramos.
dreyesvaldes@hotmail