Cuando se trata de participar en la vida económica concreta, los que nos decimos buscadores de la justicia, la paz, la verdad, el amor, la vida y lo trascendente, debemos de tomar una decisión fundamental clara. Si con todas las fibras de nuestro ser nos preocupamos realmente...
...en primer lugar de esos valores, adquirimos un verdadera libertad respecto a la economía. Pero entonces vemos también con dolor cuán fácilmente el éxito económico tiene que ver con la riqueza injusta, con estructuras injustas y con relaciones indignas del hombre. Obviamente no podemos ni debemos satanizar la vida económica, sin embargo, es cierto que una aspiración personal e injusta a la posesión se funde demasiado fácilmente con el espíritu malsano de un ambiente en el que el éxito económico, la riqueza y el placer ocupan el primer lugar, de modo que se hace una verdadera idolatría del dinero y del poder.
La vida económica moderna es, por una parte, una realización grandiosa gracias a la cual nuestro planeta puede sustentar a 7 mil millones de individuos, mientras que una parte notable de la humanidad dispone de bienes económicos abundantes o sobreabundantes. Mas, por otra parte, la humanidad se ha alejado mucho de un reparto justo de los bienes de la tierra. Centenares de millones de hombres viven en condiciones de verdadera miseria. A partir de la venida del capitalismo, la vida económica está poblada de ideología y de ídolos nefastos.
En el campo económico, muchos se preocupan tan sólo de hacer buenos negocios y de ganar, con la teoría de que la economía debe proceder según leyes propias, sin ser molestada por imperativos morales. Individuos "religiosos" se desposaron con la misma sed de lucro, añadiendo a ello algunas limosnas e instituciones piadosas para tranquilizar la conciencia, mientras acumulaban su riqueza con una explotación inhumana de los débiles sirviéndose de un sistema económico injusto que nos hace creer que la sociedad mejorará gradualmente en la medida en que la riqueza, el poder y el saber se concentren en manos de los más eficaces y que, a su vez, éstos ayuden a los demás a alcanzar su nivel de consumo. Tal suposición es insostenible a la luz de los conflictos de intereses, la competencia desigual y las relaciones de fuerza existentes en la realidad social. Es cuestionable el mismo objetivo que se persigue, y que identifica sin más desarrollo humano con crecimiento del consumo individual. Los poderosos canales de publicidad martillean incesantemente al hombre común: "hoy es el buen fin en el que debes ansiar, tener, consumir, hacer ostentación de otras cosas más". Afortunadamente muchos saben que no será fácil dejarse engañar y buscarán sólo lo que verdaderamente sea necesario aprovechando los descuentos reales. Sin embargo, lo que ha de buscarse es la promoción de los espacios y las acciones participativas para satisfacer esas necesidades. La eficacia del desarrollo verdaderamente humano depende en buena parte de lo que en la sociedad civil y en la vida cotidiana hagamos posible o imposible con nuestras decisiones. "El fuego, para calentar, tiene que venir de abajo". En realidad votamos todos los días la sociedad que queremos con nuestros comportamientos, relaciones, compromisos. Sobre todo a través de lo que hacemos - o dejamos de hacer- con la cuota de poder, de saber, de influencia, de tiempo, que tengamos: si la usamos sólo para aumentar nuestro bienestar o la compartimos solidariamente con las personas excluidas y las diversas organizaciones que hacen posible su participación corresponsable. Y esto, en todos los niveles de la convivencia: la familia, vecindario, educación, trabajo, organizaciones sociales. Precisamente porque son múltiples las formas de dominación en la sociedad, son también múltiples los espacios y las formas de transformación y los protagonistas de ellas. En realidad todos somos protagonistas en esta lucha por una auténtica cultura económica.
La criminalidad económica ha llegado a niveles inquietantes en formas y extensión. No pocos individuos deshonestos penetran hasta donde pueden a través de las redes de una legislación frecuentemente laxista y que motiva la impunidad. Muchos se ponen a buen recaudo de las sanciones con la corrupción e innumerables formas de complicidad. Monopolios poderosos juegan con las leyes penales existentes e impiden la introducción de una legislación más justa. Las cámaras están controladas por esos poderes. Ciertamente hay empleados, incluso a nivel ejecutivo, que tratan de ser honestos, pero esto exige frecuentemente renuncias notables y les acarrea desventajas sensibles.
Sin embargo, por importantes que sean en la vida profesional la honestidad, la incorruptibilidad y la escrupulosidad, los que buscan un cambio no pueden contentarse con esas virtudes. Tienen el deber de hacer juntos, y cada uno en su puesto, lo que sea posible en cada momento para sanar la cultura económica, desde el gasto del hogar hasta la economía global. A tal fin, además de la buena voluntad, es preciso adquirir la competencia necesaria. Aplicar principios de justicia social, practicar la solidaridad universal, sin olvidar el principio de la subsidiaridad, que pretende crear el mayor espacio posible para la corresponsabilidad de todos en los procesos de decisión que afectan su propio bien y el bien de cuantos carecen de poder. Uniendo las fuerzas, podemos prevenir muchas situaciones de miseria y aliviar otras.
¿Podremos transformar profundamente la cultura económica imperante? ¿Seremos capaces de liberarnos del modelo dominante basado en el consumismo? ¿Podremos pasar de un crecimiento cuantitativo constante (tener siempre más) a favor de un progreso cualitativo de toda nuestra cultura (ser mejores)? ¿Tenemos la voluntad y la capacidad de dar el ejemplo de moderación racional en el uso de los bienes terrenos y de convencer a otros a poner fin al despilfarro? ¿Escaparemos a un compromiso a 24 meses sin intereses? ¿Tendremos la energía, creatividad y valentía para cambiar este estilo de vida por uno nuevo? La meta es una sociedad económica hecha de una satisfacción racional de las necesidades, de moderación, de una distribución mejor del tiempo de trabajo, de una economía que deja espacio a la colaboración responsable y creativa y, en los límites de lo posible, promueve también la alegría del trabajo.
Donde se cree verdaderamente en la justicia, la paz y el amor como normas fundamentales, no se explota a los débiles ni a los pobres, no existen marginados, excluidos o sobrantes. Se desenmascara y supera la avidez y la sed de poder. Pierde todo su atractivo el ídolo de la lucha económica y de clases y no se margina a los incapacitados o minusválidos. Donde el corazón de los hombres está purificado de toda ambición injusta y equivocada, en aquel lugar se nota una comprensión mayor de las necesidades verdaderas de los hombres. Donde los hombres se esfuerzan seriamente en comportarse como pacificadores, se hace posible solucionar de manera razonable y pacífica los conflictos, a menudo inevitables, de la vida económica, encontrar una salida satisfactoria para todos.
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