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Que no se había muerto antes

El Filósofo de Güémez

RAMÓN DURÓN RUIZ

Einstein con la sabiduría que le caracterizaba, afirmó: "Existen dos maneras de ver la vida: una es pensar que no existen los milagros y la otra pensar que todo es un milagro." Para el viejo Filósofo eso es la vida y la muerte… un milagro.

Como la vida, porque te recuerda que "el pasado es como el panteón: es bueno visitarlo de vez en cuando… pero no quedarse en él", y la muerte, porque te ayuda a valorar el milagro de la vida.

Cuando vives el hoy en torno al poder del amor, interpretas la plenitud de esa dualidad indisoluble que es la vida y la muerte, tu ser completo -mente-cuerpo-alma- se redimensiona, llega a ti una metamorfosis, en la que nada es igual.

La primera pérdida vital que cimbró mi existencia fue la partida de mi abuelita María; ahí, en mi niñez, sin saberlo encaré a la muerte, la miré a los ojos, con ella se iba una parte de mi madre… y también de mí.

Años después la parca visitó mi hogar dejándome huérfano, aturdido, sin saber qué hacer, a la mujer que me dio la vida y los valores, que sufrió fríos y hambres a mi lado, le había llegado su tiempo, se moría en mis brazos.

La muerte cargaba al hogar del Padre a mi Mamacita, ella era todo para un joven que empezaba a interpretar los misterios de la vida. El tiempo me ha enseñado que aparentemente la muerte se la llevó, pero cada día veo que mucho de ella quedó en mí.

La tercera ocasión en la que la muerte dobló mi ser espiritual, fue con la partida de mi hermano Humberto, ante la ausencia de mi padre, él cumplió con esa tarea, así que su partida me sacó el tapete, ya para entonces entendía que "la vida es lo que viene… no lo que fue."

La existencia ha sido generosa con el viejo Filósofo: "Muere abuela, muere madre, muere hijo", doloroso cuando se trastoca la partida, las defunciones con su duelo han abierto mi vida al camino de la espiritualidad, han traído consigo una inacabable evolución, que me ha llevado a ver la existencia desde la óptica de la gratitud y del amor, a no ser igual, es como si hubiese renacido.

El ser humano, en todos los tiempos, buscando interpretar lo abstracto ha estudiado y querido desentrañar el misterio de nuestra eterna compañera: la muerte, y en vez de encontrar respuestas, nos han llegado más interrogantes. No hemos entendido que la vida es el arte del encuentro… y la muerte también, porque ambas parten del amor y tienen la fuerza de la divinidad.

Desde que nacemos algo de nosotros principia a morir, como dijese Heidegger: "Somos un ser para la muerte."

Cuando llega la muerte a nosotros con su profunda cauda de dolor y de tristeza, es cuando entendemos que separación no es olvido y aprendemos que la rueda de la vida no se detiene, experimentando lo que es levantarse de las cenizas… para seguir adelante.

Estos uno y dos de noviembre nuestros ancestros, en un destello de preclara inteligencia nos han legado simbolismos, ritos y tradiciones en torno al Día de Muertos, que por el misticismo que encierran se han convertido en patrimonio intangible de la humanidad.

Dentro de los miedos más arraigados del mexicano está la muerte; podemos hablar de ella en el de al lado, pero no en nosotros. Si hacemos juegos malabares con la calaveras y vestimos a la muerte de colores, la caricaturizamos o nos reímos de ella, no es porque nos burlemos, es porque es una forma de quitarle poder y tener la posibilidad de acercarnos a ella.

El viejo Filósofo ama a la vida y respeta a la muerte, pero a pesar de ello dice:

"Pa' vida de morirse… hay que estar vivo".

"Se está muriendo mucha gente… que no se había muerto antes".

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