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Se parece a México, pero encerrado

CARLOS LORET DE MOLA A.

La ciudad de Gaza luce como cualquier zona urbana de nivel socioeconómico medio-bajo en México. Hay edificios desgastados de departamentos y oficinas, con arquitectura simple y pasada de moda, cables de luz y teléfono enredados en el panorama de postes, la luz y el agua llegan sólo horas, se ven coches medianos que no hacen tráfico, calles pavimentadas pero algo sucias, paredes grafiteadas, una playa con botellas de plástico vacías, misceláneas y farmacias con lo básico, sin lujos, puestos de mercado en la banqueta, loncherías y fondas limpias, infraestructura vieja. Un trompo de carne de cordero que gira a las brasas del puesto de tacos árabes acentúa la cercanía.

En contraste, todos los niños y niñas van a la escuela y la mayoría se inscribe en la universidad, la Internet corre rápido, los celulares casi no se cortan, escasea el combustible, hay amplia oferta de ONG y arriba de las luminarias apagadas sobran las banderas palestinas y de Hamas, el grupo que ha reivindicado atentados terroristas y que tras ganar unas elecciones y ser rechazado por Occidente tomó por la fuerza el gobierno de esta parte del territorio palestino (analistas coinciden en que empieza a dar pasos discretos hacia su transformación en fuerza política).

Como la Franja de Gaza mide una décima parte que Colima, a Israel no le fue tan complicado, físicamente, cercar el lugar: en toda la frontera hay pared y malla con púas y videocámaras ("Historias de Reportero", ayer). La complicación se le dio cuando, por hacerlo, el mundo le condenó verbalmente. Israel defiende el muro (existe en su suroeste, en la Franja de Gaza; y avanza a su oriente en Cisjordania, el territorio palestino más grande y poblado) argumentando que han casi desaparecido los ataques de los terroristas suicidas que ya no pueden salir.

A pesar del cerco, que condiciona la libertad de tránsito, en Gaza no hay desabasto de alimentos porque casi todo llega de contrabando a través de cientos de túneles que conectan su frontera sur con Egipto. Lo que hay es carestía. Sus ciudadanos, la mayoría desplazados tras el establecimiento de Israel como Estado en 1947 que viven con 80 pesos diarios por familia de seis integrantes, se quejan de los precios altos, en buena medida a consecuencia del bloqueo también comercial (un litro de diesel cuesta 20 pesos).

Con frecuencia, misiles israelíes hacen blanco en Gaza y cohetes palestinos explotan en el sur de Israel. "Un día empiezan unos, otro día otros", resume con un fajo de billetes en la mano un hombre que de pie sobre la calle trabaja de casa de cambio.

Sin paz, sin fronteras definidas, con divisiones políticas internas y una lluvia de plomo que arrecia y amaina, la gente de Israel y Palestina ha aprendido a vivir bajo amenaza: alguien puede pararse en medio de Tel Aviv o de Gaza, de Jerusalén o Ramala, y deducir, por el bullicio de las ciudades, que no hay conflicto; uno es más rico y cosmopolita, el otro es más pobre y aislado.

Esto, al mundo a veces le preocupa mucho, a veces nada. El equilibrio, claramente, es frágil: ojalá un misil no sea el que se encargue de demostrarlo.

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