Antes de entrar en el tema de hoy, me siento moralmente comprometida a reproducir aquí al menos un fragmento de la convocatoria que "Mexicanos Primero" (iniciativa ciudadana independiente y plural integrada por ciudadanos como usted y como yo) publicó para que quien esté de acuerdo con las exigencias que plantean; los apoye con su firma a través de WWW.depanzazo.mx Reproduzco: "Ante las lamentables declaraciones de Elba Esther Gordillo y el CEN y el SNTE que pretenden socavar la evaluación universal de maestros, y dada su importancia histórica para el avance de la calidad educativa, EXIGIMOS: Al Presidente, que instruya el cumplimiento del acuerdo para la evaluación universal, sin cortapisas ni concesiones coyunturales. No hay momento perfecto. El momento es ahora. A la cúpula del CENTE, que deje de usar el derecho a la educación de nuestros niños y jóvenes como rehén para sus intereses políticoelectorales y sus negociaciones salariales, y que cumpla puntualmente con el acuerdo de evaluación universal".
Yo por supuesto ya me solidaricé firmando porque creo que por la fuerza de la razón, los ciudadanos tenemos más poder que el que se le atribuye a la patibularia mujer que ha hecho de la educación de los niños mexicanos, un millonario negocio (para ella y su extensa parentela) y quien sin-vergüenza se ostenta como líder "moral" de los maestros.
Y ahora a lo mío que en vísperas del Día del Niño, el tema es obligado; aunque antes de empezar anticipo que como a mi maestro Germán Dehesa, los niños y por supuesto las niñas también -excepto los míos- como entidad colectiva me parecen detestables; en cambio uno por uno, son repugnantes; lo que no es impedimento para dedicarles una nota en este su día. "Lo que fue nuestra infancia influye decisivamente en lo que somos, esto es, el resto de nuestra vida" dejó dicho el poeta Wordsworth, y la experiencia nos demuestra que es verdad. Nunca acabamos de salir del todo del hogar -bueno o malo- en el que nos formamos y donde por primera vez nos etiquetaron como: la güera, la negra, la rorra, la torpe, la tonta, o "pobrecita hija mía, es tan distraída…" Los padres nos moldean con su ejemplo, pero también con los sueños y expectativas que tuvieron sobre nosotros. Los padres que nos ajustan a un molde que bien pocos conseguimos romper, y menos que pocos, los niños antiguos que fuimos troquelados con rigor, porque toda buena educación exigía obediencia, humildad y una aceptación tan irrestricta como acrítica de cualquier conducta de los padres; aunque como el mío, fueran una síntesis de Hitler y su Gestapo: órdenes, bofetones, cinturonazos, o a falta de otra herramienta de tortura, nalgadas. Para delitos mayores siempre se podía contar con encerrarnos: para que reflexiones y hasta que muestres sincero arrepentimiento, decía mi padre, y después de requisar mi radio de transistores y mis novelitas de Corín Tellado, cerraba la puerta de mi recamara por fuera. Todo por mi bien ¡faltaba más!
Los niños antiguos cruzábamos difícilmente por la infancia sin pagar el peaje con una alta dosis de frustración y lágrimas, porque como se creía por entonces: "Quien bien te quiere, te hará llorar". Si yo dijera eso ahora a los niños de mis niños, confirmarían su sospecha de que estoy completamente loca; aunque debo confesar que troquelada por un padre que no admitía más razón que la suya, yo con frecuencia debo reprimir el impulso de propinar unos buenos guantazos a alguno de esos niños posmodernos, tan llenos de derechos y con tan pocos deberes como la muchachita de unos once años que hace apenas unos días le gritaba a su madre en plena calle: "si me vuelves a jalar del brazo llamo a la Policía para que te metan a la cárcel". O el chiquillo de ocho años que en la cola de la caja del súper exigía a su padre que le comprara no sé qué cosa; porque "al fin que está a seis meses sin intereses", gritaba el monstruito.
Aunque en el momento de escuchar a estos espesos muchachitos sólo pensaba en bofetones, ahora se me ocurre que tal vez lo que sentía era envidia. Me hubiera encantado tener unos padres-barco como los de ahora que aceptan que sus hijos los regañen. Cuánto disfruto cuando me imagino diciéndole a mi padre como hace algún tiempo le dijo el Rey de España a Hugo Chavez: ¿Por qué no te callas? Por supuesto no era yo suicida. De haberme atrevido no estaría aquí para contarlo. Sólo digo que me hubiera gustado. Total, puras niñerías.
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