Pronto acabará el sexenio de Felipe Calderón. Con él se irá su equipo de trabajo. Terminarán seis largos años. Los años del calendario de Calderón no corresponden a los del calendario oficial. Fueron muy largos.
La herencia de torpezas, fracasos, y muertos por violencia es inmensa. Calderón deja un país maltrecho, un Estado fallido, según los estadounidenses, un país descompuesto, lleno de pobres muy pobres, de millones de endeudados, muchos, incluso, in utero, un país sumido en la tragedia de una lucha que no es fratricida, pero que casi lo es: ¿quién decapita a quién?, ¿quién cuelga a quién en los pasos peatonales?, ¿quién obliga a migrar a cientos de miles de mexicanos, por hambre, por violencia, por la desertificación?
La violencia, en incontables modalidades, ha sido constante en el sexenio de Felipe Calderón. La violencia por pobreza, por guerras entre grupos de narcotraficantes, por matanzas de población civil, por falta de oportunidades, por no ceñirse a las mentiras, y por políticas gubernamentales equivocadas ha generado una suerte de lucha fratricida, donde las similitudes e historias entre víctimas y opresores superan las diferencias. Cuando termine el sexenio, las desigualdades entre el país que recibió Calderón y el país que hereda serán más hondas y más profundas. Ni es cierto que los pobres sean menos pobres o que su número haya disminuido, ni es cierto que exista cobertura de salud para toda la población, ni es cierto que la presencia de la milicia contuvo la violencia, ni es cierto que se hayan generado suficientes empleos. Una cosa son las cifras oficiales. Otra cosa es la geografía de la realidad. Las primeras se maquillan y se corrompen. La segunda es insobornable.
Durante su mandato Felipe Calderón intentó convencernos de la utilidad de su política contra el narcotráfico. Nunca pensó que su decisión terminaría con una montaña de 70 mil (o más) muertos, un número indeterminado de desaparecidos, y el éxodo forzado de incontables familiares cuya decisión oscilaba entre salvaguardar la vida o emigrar dejando (casi) todo. Durante el sexenio la agenda de la realidad no intentó convencernos de nada. Se apersonó con cadáveres, con desaparecidos, con niños asesinados por caminar en el lugar y el tiempo equivocado, con descabezados, con pueblos fantasmas, y con una nueva generación de infantes cuyo entrenamiento escolar les enseñó a jugar y a cantar en posición pecho tierra para no ser víctimas del fuego cruzado. Algunas editoriales periodísticas, europeas o estadounidenses, acerca de la salud de nuestra nación, son demoledoras. Barbarie es el diagnóstico. La ausencia de cruceros en nuestras costas es el resultado.
Cuando finalicen su mandato, Calderón y su equipo de colaboradores se irán. Cerrarán su agenda. Deambularán, de acuerdo con los discursos oficialistas, con la certeza de haber cumplido y con la convicción de que el único camino para salvaguardar el orden era enfrentar al Estado con el narco tal y como se hizo. Otra es la realidad del país, de su gente, de los muertos, de los deudos. Calderón ha explicado incontables veces las razones de sus acciones políticas contra el narcotráfico. Buscó convencernos acerca de la inevitabilidad de la violencia. Presumió el éxito gubernamental por el número de capos capturados. Fundamentó su misión al mostrar que hacia el sur de Chiapas hay más asesinatos. Vanaglorió sus triunfos al asegurar que antes había menos muertos porque sus antecesores no enfrentaban al narco.
Él y su equipo ensalzaron sus conocimientos al obstruir cualquier discusión respecto a la legalización de las drogas. El gobierno saliente debería haber escuchado las razones por las cuales muchos expertos proponen legalizar las drogas. Debería también seguir el ejemplo vivo de José Mujica, el presidente de Uruguay, quien camina, junto con su gabinete y sus gobernados, para legalizar la mariguana. Los asesinatos y la violencia en México son legales. Legalizar las drogas es la única opción para disminuir el número de muertos inútiles.
Calderón justificó la violencia como un mal necesario para un mejor futuro. Nadie sabe cuántas personas han sido masacradas. El gobierno inventa casi todo. Las estadísticas oficiales son diseñadas ad hoc. Sabemos del primer muerto por la guerra de este sexenio; sabemos del segundo, del tercero y de muchas decenas de miles. Se habla de "más de 70 mil". "Más" es un término impreciso. Tan impreciso como Calderón. Cuando él se marche "más" será menos: no hay día, ni lo habrá, sin muertos, muchos de ellos inocentes.
Los muertos inútiles de Calderón son una profunda tragedia. De nada han servido, de nada servirán. Su receta acerca de la necesidad de la violencia fue tan equivocada como su gobierno, y tan grosera como la complicidad de sus compinches. Calderón y su equipo se van. Se quedan sus muertos. Se quedan las familias que ni siquiera tienen a sus muertos. No hay posdata.