Como usted sabe, todos los seres vivos requerimos de energía para funcionar; ese aporte energético lo obtenemos a través del alimento, particularmente los ricos en azúcar.
Para vivir, requerimos energía, que calculamos en calorías, que fluctúan entre dos mil doscientos y dos mil quinientas diarias, definiéndolas como: la cantidad de energía necesaria para elevar la temperatura de un gramo de agua pura en presión atmosférica normal. Algunos hablan de kilocalorías, que representan mil calorías.
La principal fuente de obtención de la energía son los azúcares, diseminados en toda la naturaleza viva, con diferentes construcciones moleculares: la glucosa, muy conocida, comúnmente contenida en la caña; la fructosa, que como su nombre indica proviene de las frutas; la galactosa, de los lácteos, etc.
La diferencia entre ellas, es la necesidad de hacer más o menos procesos metabólicos para utilizarlas; por ejemplo: pasar de fructosa a glucosa, consume aproximadamente el cincuenta por ciento de energía, lo que significa es que es menos "energética" que la segunda.
Ya sabe que la función metabólica de cualquier ser vivo, al consumir energía, también produce calor y consume al mismo organismo; ese es uno de los principios del desgaste corporal, lo que toman algunos para hablar de alimentos oxidantes, contrarrestados con oxidorreductores, que disminuyen la quema de oxígeno de ese organismo en particular.
Los azúcares son benéficos para el organismo, siempre y cuando no se consuman en exceso, que de hacerlo, provocarán que los lípidos no se utilicen en producir energía, que es una acción secundaria luego de ayudar a algunos procesos como formación de hormonas, depositándose en forma de grasa; son esas "llantitas" que odian particularmente las damas.
La naturaleza es muy sabia y ha dejado que los alimentos ricos en azúcares sean dulces -algunos no tanto, caso de la galactosa- y en contraposición, a los venenos los hizo ácidos o amargos; así, al probar, podemos eliminar aquellos que nos pueden dañar.
A ser agradables al gusto, los azúcares son causa de explotación mercadotecnia; desde los deliciosos caramelos, chocolates edulcorados, refrescos embotellados y otros productos contenedores de esos carbohidratos que, en exceso, nos dañan enormemente.
El colmo son las bebidas con altos contenidos de glucosa: "energéticos", les llaman erróneamente, siendo verdaderas bombas de tiempo para dañar al corazón, arterias, nervios y algunas glándulas como el hígado.
La falta de educación alimentaria ha hecho que, en México, consumamos refrescos y golosinas en forma desordenada, favoreciendo serios problemas de salud, caso de la obesidad o diabetes mellitus, con la débil respuesta de las autoridades sanitarias, que enfrentan un caso de enormes intereses monetarios.
Consumir refrescos es más fácil y barato que tomar leche; además, a través de decenas de años de inversión en publicidad, han logrado "educar paladares" haciendo que prefiramos "quemarnos metabólicamente" con ellos, a alimentarnos con otras bebidas sanas.
Sume nuestras necesidades corporales en temporadas de altas temperaturas, además de la enorme disponibilidad, con redes extendidas en las comunidades como un verdadero cáncer social. La realidad es que las llamadas "tienditas" no pueden sobrevivir sin la venta de chatarra.
En sólo veinte años, la obesidad se ha triplicado y las estadísticas de diabetes o síndrome metabólico -patología que cursa con hipertensión, obesidad y hiperglicemia- han dado la advertencia del serio peligro que corremos a futuro, que incluye costos económicos muy altos, difíciles de solventar con nuestra economía nacional.
Las autoridades sanitarias han aportado algunas medidas, a todas luces insuficientes, que hablan de evasión de responsabilidad más que genuino interés en atacar el problema: difundir información al respecto, regular la venta de alimentos chatarras en escuelas y elevar los impuestos en las bebidas edulcoradas, son sólo aspirinas que no curarán al paciente.
En contraparte los refresqueros y dulceros, utilizan sus mejores armas, incluyendo las "oscuras", para evitar que se atienda la salud efectivamente; por ejemplo: la Asociación Nacional de Productores de Refrescos y Aguas Carbonatadas (Anprac), rechazó que se atribuya a sus producto la aparición de trastornos metabólicos: "no existe evidencia científica ni estadística que relacione al consumo de refresco con la obesidad", declaró su presidente y defiende su postura de que "sólo representan el siete punto cinco de las ingestas calóricas de los mexicanos", cuando el Instituto Nacional del Consumidor habla de un veinticinco por ciento.
La Universidad de California en San Francisco, el Instituto del Consumidor, el CINVESTAV y el Laboratorio de la Neurología del Apetito, son algunos de muchos organismos que advierten del mal que genera el voraz negocio y la respuesta, a través del conato de intento de controlar el abuso con el Acuerdo de Salud Alimentaria es vano intento.
La solución está en la educación alimentaria de los mexicanos y muy bueno sería que revisáramos y dado el caso modificáramos los usos y costumbres nuestras, al interior de nuestras casa y con amigos. ¿Empezamos?
ydarwich@ual.mx