A los lectores, amigos y colegas de Torreón.
Las palabras como la ropa de tanto usarse se acaban. Y aquella vieja noción de promover un cambio sin ruptura está llegando al límite de su posibilidad. Lo curioso del desgaste de esa idea es que sus promoventes nunca le dieron cabal contenido y, ahora, son precisamente ellos quienes impulsan -a veces sin querer, a veces adrede- la idea del cambio con ruptura.
La pusilanimidad política y la impunidad criminal están calentando el caldo de cultivo para participar al margen de las instituciones y para practicar la justicia por propia mano. La transa elevada a rango de negociación, la violencia ungida como efectiva forma de expresión, ambas -transa y violencia- suplantando el civismo por el cinismo.
¿Cuánto más se puede estirar la liga de la pusilanimidad política y la impunidad criminal? Es una pregunta difícil de responder, pero cada vez es más evidente que cualquier incidente la puede reventar.
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Lo triste del acelerado deslizamiento del país por el tobogán de la denigración es que ocurre al arranque de un nuevo gobierno.
Nadie daba por sentado que la segunda alternancia en el Poder Ejecutivo garantizaba por sí la posibilidad de convertirla en una alternativa, pero ver esfumarse tan rápidamente esa posibilidad expone el peligro frente al cual se encuentra el país. No sólo está en juego la suerte del nuevo gobierno, está en juego la suerte de la nación.
Si el conjunto de la clase política no abandona la subcultura de la pusilanimidad en su conducta y abate la impunidad criminal, podrá solazarse en reformar una y otra vez las leyes segura de que el destino de esas nuevas leyes será el de su incumplimiento, violación o torcedura. Si no se reforma la conducta de esa clase, sobra el pulimento de las reglas con las dice querer jugar.
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De tal modo ha permeado la pusilanimidad al conjunto de la clase política que su conducta dicta cátedra a los criminales.
Si un gobernador o munícipe endeuda irresponsablemente a su gobierno y después exige su rescate sin rendir cuentas ni recibir castigo por el eventual despilfarro del dinero ajeno, por qué rayos un criminal no va a secuestrar a quien pueda para pedir lo mismo. Si una comisionada para dar acceso a la información pública se sirve del puesto para espiar en privado sin que nada le ocurra, por qué rayos un "halcón" no va vender al crimen la información al alcance de su vista.
Si un consejero guarda, por unos días, su renuncia para beneficiar con su voto a su padrino y después bota el cargo, por qué rayos se va a condenar a quienes compran votos con o sin monedero electrónico a plena luz del día. Si una lideresa gremial ha hecho del chantaje y la extorsión política su modus operandi, por qué rayos un criminal organizado no va aprovechar sus enseñanzas haciendo de ellas su modus vivendi.
Si un gobernante es incapaz de garantizar la seguridad y la integridad de sus gobernados y éstos integran brigadas de autodefensa con el beneplácito de aquél, por qué rayos no se impulsa el justo reparto de fusiles. Si un juez ampara una y otra vez la violación del uso de suelo, por qué rayos los criminales no van cobrar el derecho de piso.
Un día sí y otro también la pusilanimidad política extiende su manto sobre la impunidad criminal, borrando cualquier posibilidad de respetar las leyes y conducirse cívica y civilizadamente. En esa subcultura de la transa política y la violencia criminal pueden venerarse, cambiarse y pulirse las leyes cuanto se quiera a condición de no cumplirlas... pero obliga a reconocer que se impulsa un cambio con ruptura.
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Esta semana, el ejemplo por antonomasia de la pusilanimidad política que impulsa la impunidad criminal, apoyándose en la complicidad, se dio en el Instituto Federal Electoral, con el beneplácito de su presidente, Leonardo Valdés, que alguna recompensa ha de esperar.
El jefe de la Unidad de Fiscalización de los Recursos de los Partidos Políticos, Alfredo Cristalinas, quedó exhibido -dicho con toda suavidad- como un funcionario incapaz. ¿Y quién propuso a Cristalinas para ocupar el cargo? Leonardo Valdés, en febrero de 2009. ¿De dónde venía ese funcionario? Del SAT, donde su jefe era Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, el flamante ministro de la Corte impulsado por el PRI. ¿Y quién recurrió su nombramiento en marzo de aquel año y luego se desistió sin más? El representante del PAN, Roberto Gil, quien hoy legisla como senador, sin distraerse con el teléfono. ¿Y qué pasó? Por la importancia de la función, el Tribunal Electoral desechó el desistimiento de Acción Nacional, revocó el nombramiento de Cristalinas y ordenó al IFE designar al jefe de la Unidad cuidando los requisitos exigidos para ocupar el cargo. ¿Y qué hizo Leonardo Valdés? Volvió a proponer al mismo Cristalinas y el consejo avaló la redesignación del funcionario impugnado. ¿Cuál es el resultado de ese ejercicio de complicidad? Los delitos electorales derivados del gasto de los partidos, no sólo de un partido, quedaron impunes, ignorados, perdonados o guardados... y Cristalinas sigue en el puesto, igual que su padrino Leonardo Valdés.
¿Qué autoridad electoral, qué representante partidista, qué funcionario público relacionado con lo acontecido se ha deslindado clara y rotundamente de ese juego de complicidad y pusilanimidad política que deriva en impunidad criminal-electoral? Ninguno.
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Reformar y reformar leyes sin modificar conductas políticas niega la posibilidad de un cambio sin ruptura porque, verdad de Perogrullo, tanto cambio sólo garantiza el statu quo. Peor que eso, esa subcultura le pone fecha de caducidad a las instituciones o, bien, la vulnera o consolida a partir de la personalidad política y moral de quienes las encabezan... y muchas de las más jóvenes instituciones nacionales tiempo ha que han dejado de brillar.
El peligro de no acabar con la pusilanimidad política conlleva otros dos problemas -el ya mencionado de la impunidad criminal y el de la desesperación social-, cuya combinación y conjugación tiene por denominador común el de la violencia y por ribete el de una crisis peligrosa.
Puede no entenderse, pero del propio conjunto de la clase política deben surgir los traidores, aquellos que rompan con la pusilanimidad y la complicidad que hoy ampara la impunidad criminal, alienta la violencia y, en el fondo, impulsa el cambio con ruptura.
Si esos traidores no surgen, cuando menos deben procurar no malgastar la palabra.