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María del Carmen Maqueo Garza

EL GOZO DEL REENCUENTRO

Sin temor a equivocarme, uno de los momentos más significativos para cualquiera lo constituye el reencuentro con amigos que no hemos visto en mucho tiempo. Resulta muy gratificante ponernos al día; traer a colación recuerdos que tal vez habíamos borrado; platicar, reír, y finalmente celebrar la vida. A medida que avanzamos en edad ese tipo de convivencias cobran relevancia; habrá pasado más tiempo entre el ayer que se evoca y el ahora, además de que a través del tiempo se habrán generado mayores cambios en unos y otros, aunque venimos a comprobar con agradable sorpresa, que la esencia de aquella amistad ha permanecido inalterable a lo largo de esos años. Por otra parte, acudir al reencuentro significa que seguimos con vida y suficiente salud, lo que viene a constituir un motivo adicional de regocijo.

La necesidad del ser humano por socializar está en la base de otras muchas necesidades. El consumismo apela a esta necesidad: Ser más guapos, más delgados, más ágiles o más jóvenes con miras a estar en capacidad para entablar relaciones afectivas óptimas y así sentirnos mejor.

Durante la juventud se busca consolidar una relación de pareja, y probablemente iniciar una familia. Otros aspectos pasan a plano secundario, o se dan en función a los dos anteriores; el círculo cercano lo constituirán los compañeros de trabajo de la pareja, y más delante los papás de los amigos de los hijos. Se olvida por un buen tiempo aquello que nos identificó con el grupo de amigos durante los años de escuela, y no será sino hasta muchos años más delante cuando las amistades casi olvidadas de la juventud recuperen su valor inicial, y pugnemos por reavivarlas.

El encuentro con amigos en la edad madura tiene cosas divertidas y maravillosas. Para quienes participan en él habrán perdido importancia aspectos que en épocas previas de nuestra vida serían prioritarios. Nadie va a reparar en la cantidad de canas o de arrugas, ni en los kilos de más, o en los lentes sin los cuales ahora leer resulta poco menos que imposible. Los signos del paso de la edad se acogen con gracia, y ninguno caerá en el ocioso juego de juzgar al otro en función de si usa ropa de marca, o conduce un vehículo de modelo reciente. Hay aspectos definitivamente más trascendentes sobre los cuales enfocarnos; ahora descubrimos con la sabiduría que da la edad, que las cosas fundamentales que nos hermanan como seres humanos están más allá de apariencias, etiquetas o clasificaciones.

Muy agradable es sentirse libres de prejuicios para actuar sin apego a protocolos; ser capaces de platicar de manera desenfadada, y actuar con ánimo juguetón en nuestra interacción con esos viejos amigos. Maravilloso darnos esta vez el tiempo para descubrir en nosotros mismos la capacidad de asombro con las cosas pequeñas, aquéllas que durante tantos años, en nuestra agitada ocupación, no tuvimos ocasión de detenernos a mirar por el camino. Podemos volvernos sensibleros sin llegar a importar lo que otros opinen.

Cada etapa de la vida tiene su propia riqueza. Los primeros años ponen al ser humano en contacto con el mundo, y es a través del juego como el niño va asimilando los roles que habrá de desempeñar más delante dentro de la sociedad. En casos de individuos exitosos, es significativo descubrir la estrecha relación que hay entre las fantasías de un niño pequeño y su desempeño adulto, lo que anima a apoyar la idea de proporcionar a todos los niños un ambiente estimulante y rico en opciones que él pueda explorar y conocer, para más delante estar en capacidad de decidir su destino. Grandes escritores evocan aquellos primeros cuentos que escucharon de labios de su madre siendo muy pequeños; compositores quedaron marcados por conciertos a los que acudieron llevados de la mano paterna, y renombrados creadores dan cuenta de aquella biblioteca del abuelo en la cual, en medio de un desorden mayor o menor, hallaban la ocasión de investigar y experimentar.

Un poco más delante el individuo comienza a trazar más en forma lo que será su propio proyecto de vida, dejando de lado una serie de elementos de orden personal, que vienen a cobrar relevancia años después, cuando ese proyecto ya se concretó, dio frutos, y deja de representar un asunto prioritario.

Llegado el tiempo de comenzar a redescubrir lo propio, viene también el entrañable reencuentro con los amigos. El círculo de la vida nos concede la oportunidad de iniciar los últimos noventa grados de existencia de la mejor manera, pues aun cuando los achaques físicos puedan haber aumentado, se asumen con filosofía, como parte de la vida misma, sin por ello desaprovechar la ocasión de vivir cada día de la mejor manera posible.

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