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Cordón umbilical incluido

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Juan Manuel Torres Vega

El paso de la juventud a la vida adulta requiere de un ajuste en la convivencia, en especial del hijo con sus padres. El aporte positivo de uno y otros promueve la consecuencia de darle a él unas alas fuertes y a ellos una enorme satisfacción. Lo negativo incrementa el riesgo de la dependencia: un ‘cordón umbilical’ psicológico.

Uno de los vínculos más sólidos para un ser humano es la relación con los propios padres. En términos óptimos, la relación saludable se va transformando conforme avanzan los años. Durante la infancia predomina la dependencia del hijo con respecto a sus progenitores y la responsabilidad de ellos es máxima. Ambos elementos disminuyen gradualmente conforme el hijo crece. La adolescencia y la juventud ofrecen un punto de quiebre con un predominio de la independencia del hijo y de la responsabilidad sobre sí mismo. Se trata también de un incremento gradual hasta el ingreso al mundo adulto, donde la independencia adolescente se transforma en la interdependencia adulta.

El rol de los padres se sintetiza en el verbo ‘acompañar’, con la cualificación de impositivo durante la infancia y la niñez, y de expositivo a partir de la adolescencia y durante el resto de la existencia. La imposición materna y paterna vela por la seguridad física y mental del menor, y la exposición de ambos contribuye a enriquecer las decisiones del hijo, alimentándolas con la experiencia, la sensibilidad y el pensamiento de sus papás. Dicho alimento se traduce desde la palabra en comentarios, opiniones, recomendaciones y sugerencias, y desde el hecho en el testimonio de vida que ellos le obsequian a su descendiente. Idealmente, toda familia trabaja en su diseño para construir esa relación saludable. No existe una receta ni un planteamiento rígido, sino un sentido y una multitud de opciones.

Conforme el hijo ingresa a la adultez, él y sus padres marcarán la distancia funcional en tres categorías: temporal, para identificar la frecuencia y la duración de sus encuentros; física, para encontrar el propio espacio y la autonomía de movimiento; y psicológica, para ubicar los niveles y contenidos de la comunicación, y promover la autonomía en las decisiones, personales, conyugales y familiares del nuevo adulto. Al momento en que el hijo establece un hogar aparte, es recomendable la redefinición de la distancia para mantenerla funcional desde la consideración de la nueva circunstancia, y no caer en el error de prolongar de forma indefinida la presencia de un ‘cordón umbilical’.

UNA FALLA ADAPTATIVA

Cuando los pasos de la formación se salen del ancho camino saludable, se incrementa el riesgo de mantener una relación dependiente más allá de la infancia y la adolescencia del hijo. La crianza, la formación y el acompañamiento consisten en una secuencia lógica y profundamente humana de acciones en beneficio de toda la comunidad (del individuo a la sociedad). Si se presenta una falla en el proceso de adaptación, su manifestación más clara es la dependencia, evidenciada en diferentes situaciones, tales como la falta de iniciativa para tomar decisiones, la permanencia en una zona de confort, la exigencia y el consumo exagerado de recursos familiares, el abandono o la prolongación de los estudios, el desempleo, la imposibilidad de mantenerse en un trabajo, la valoración de los padres sobre la pareja, el deterioro lento o acelerado de la salud física y mental, la búsqueda de subsidios permanentes o durante periodos repetitivos en lo económico y lo emocional. Un claro ejemplo: la llegada de las vacaciones, si se consulta a los papás a dónde ir en vez de pedir la opinión de la pareja; e incluso llega a proponerse que el viaje sea compartido, evitando asumir el gasto correspondiente.

UN PROBLEMA EN DOBLE SENTIDO

La subordinación requiere de dos partes, pues para que haya un dependiente se necesita también del proveedor, alguien que acepte el precio de mantener a quien no produce, con base en la desidia, el desinterés o la conveniencia de una o ambas partes. Los costos de esta relación son enormes, incalculables.

Se produce una alteración en la jerarquía ideal de un hijo adulto con familia propia, que debe ubicar en primer lugar al compañero y luego a los demás. En el caso que nos ocupa, son los papás quienes usurpan o bien son ‘obligados’ a ocupar el lugar de la pareja.

Aunque quizá no lo parezca así, los progenitores también eligen iniciar o sostener esa sumisión aceptando la ‘invitación’ o promoviendo la circunstancia. La diada padres-hijo decide sobre la adquisición de bienes, la programación y reservación de viajes, y hasta sobre el menú para ocasiones especiales (cumpleaños, aniversarios); juntos definen todo sobre la vida del ‘pequeño angelito’, y de paso las del nuevo hogar de éste.

De este modo, la familia nuclear del hijo (la formada con su pareja) sufre una disminución significativa en el tiempo de encuentro y de conveniencia, en la calidad de la atención y del vínculo. Es muy grande el riesgo, en los diferentes plazos, de conflicto y de violencia, de enrarecer el clima familiar, de construir una nueva relación con dependencia cada vez más profunda, de caer en conductas adictivas (legales o ilegales), de avanzar hacia la disolución temporal o definitiva de la pareja y de frustrar el ideal de bienestar en todos.

NO A LA INUTILIZACIÓN

Toda acción preventiva ofrece la menor inversión y la mayor ganancia en la existencia de un ser humano. Pone el acento en la promoción y el reconocimiento de las buenas prácticas.

Los padres son responsables de la transición adecuada entre una fase y otra en el desarrollo de su hijo. El reto consiste en que no busquen solucionar todo por ellos, pues la encomienda es acompañarlos de modo tal que fomenten su autonomía. Está visto que cuando esto se consigue, podrá mantenerse una relación estrecha y una fluida comunicación, sin que eso signifique una codependencia.

Si falla la secuencia y aparece la dependencia, los padres requieren aportar su decisión formal y explícita de cortar por lo sano, y de renunciar a toda forma de ‘inutilizar’ a su hijo. Esta etapa es crucial, pues en ella se pasa del episodio agudo (uno o varios eventos) a la condición crónica (permanente).

Si la familia se ve sobrepasada por la situación es necesario el apoyo profesional para acompañar la toma de decisiones desde la mediación y la perspectiva racional.

Cada una de esas etapas previene a su consecuente y esta última, al daño irreversible sobre la calidad física y mental de los involucrados. Todo cordón, umbilical y psicológico, debe cortarse para dar paso a una nueva condición y preservar la vida.

Correo-e: JuanManuel.Torres@lag.uia.mx

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