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El DivÁn

Te doy, siempre y cuando…

Como muchas de las familias laguneras en esta época del año decidimos salir de vacaciones fuera de la ciudad tratando de recargar pilas por este medio año de supuesto arduo trabajo y miles de preocupaciones por el aumento de la gasolina, de las colegiaturas, de algunos productos básicos y por qué no, huir de mi suegra, que hemos hecho la penitencia de recibirla en casa un par de meses, que ella ha alargado por lo menos otro par.

Estando ubicados frente al mar, que por cierto este divanero se libró de una penitencia, pero no de otra, al ser acompañado por la familia política, reflexionábamos de la vida, sin llegar a nada desde luego y sin mucha profundidad que digamos, debido a la combinación de cansancio, unas micheladas, sol, algo de tabaco y un mucho de ignorancia sobre los temas que tratábamos, aunque eso sí cargados de muchísima pasión.

Uno de los temas era la referencia, no la que le piden al muchacho los suegros para poder estar con la hija, ni tampoco la ubicación que le dan a usted mi estimado lector electorero, cuando pide una dirección, aunque con eso de que los chavos ahora primero tienen relaciones sexuales y luego se preguntan qué son, y los celulares con GPS, no necesitamos ese tipo de referencias. De las que abordamos eran las que un familiar, un amigo, un padre, hace cuando no es correspondido, desde su perspectiva, a una acción que ellos hicieron con mucho amor y que el familiar, el otro amigo, o el hijo no supieron corresponder.

Ejemplos, el padre que decide estar al pendiente económicamente de las necesidades y caprichosos de los hijos, y cuando llegan a la vejez, no esperan, demandan que su hijo de alguna manera no funcione en su vida independiente, y que se quede a cubrir sus necesidades emocionales de atención, dejando de lado su propia independencia en aras de pagar ese cuidado de antaño.

La pareja que regala o hace un favor, lo exige y lo demanda, aduciendo que él o ella en su momento hizo hasta lo imposible por satisfacerlo, y ahora en retribución pide a la contraparte que le dé los mismo privilegios, y si no los cumple en la medida y en el tiempo que ella o él creen necesarios, entonces no es amada o amado.

El amigo que da, pero en el futuro espera ser correspondido en la misma manera que el aparentemente dio, sin esperar recibir nada, y que juzga de mal amigo a su compañero, argumentando que si no se responde con lo mismo, no es una relación amistosa de verdad, y que los amigos se cuentan con la mano.

Todos estos ejemplos, mi estimado y priista lector, ya ve que el PRI ganó hasta la elección del color del uniforme de la guardería, son ejemplos claros de referencia, de buscar amor o aprobación, exigiéndole al otro, objetos, cariño, atención e incluso hasta su vida en retribución a lo que en algún momento se brindó con una supuesta buena fe y de corazón.

No estamos diciendo con esto que está mal esperar la retribución del otro, ni la buena fe de ser correspondidos, que desde luego se da en el amor maduro. Sin embargo el meollo del asunto está en demandar, exigir y dar de manera condicionada.

¿Qué existe en el fondo en estas personas? ¿Cuál es su dinámica psicológica? ¿Por qué los candidatos tratan de salir guapos en las fotos, cuando en la realidad le dan un susto al miedo? ¿Por qué el chepo es tan terco? ¿Quién cubre a la llorona cuando se incapacita? Desde la perspectiva psicológica podemos decir que son personas inseguras, dependientes y muy controladoras que lo que privilegian es la dependencia sobre sus seres queridos, y que les cuesta un trabajo enorme ver que estos seres, son independientes y por ende pueden ser felices con otras personas que no sean ellos mismos. En el chantaje y la manipulación existe el control emocional, que les reditúa en cariño, obligado de cierta forma por la culpa, pero que evita enormemente el problema que ellos tienen en el fondo y que es un terror a la soledad.

Los invito pues amigos y amigas a evaluar si nuestra manera de querer no es condicionada y si es así tratar de cambiarla, primero con el amor a uno mismo, que pasa por la aceptación, para luego querer al otro con sus defectos y virtudes, relacionándonos de una manera lo más sana posible y disfrutando y aprendiendo de las alegrías y tristezas que son parte de la vida.

  Por: Lic. José Antonio Miranda Hernández

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