A Los 24 años de vida, el PRD enfrenta uno de sus mayores retos (o crisis, si se prefiere) y no se ve claro cómo lo va a resolver. Cuando en 1989 surgió este partido, me generó gusto. No porque me identificara con él - nunca lo he hecho plenamente - sino porque me pareció que la izquierda merecía contar ya con un partido competitivo, una opción real de gobierno que pudiera aglutinar y representar satisfactoriamente a vastos sectores de la sociedad. Hasta entonces, la izquierda había estado aislada, viviendo en la clandestinidad o marginación. La reforma política de José López Portillo le dio la entrada a la vida electoral, y eso motivó un proceso de unificación de varios minipartidos y grupúsculos en una sola formación que potencialmente podría ya competir por el poder sobre bases realistas. El proceso culminó en 1989 con el surgimiento del PRD. Siempre he pensado, sin embargo, que ese partido nació viejo: se formó con dos corrientes de principios del siglo XX, que nada tienen que ver con el siglo XXI; el socialismo marxista - cuyos exponentes aceptaron a regañadientes las reglas de la democracia sin jamás haberla abrazado con auténtica convicción -, y el viejo nacionalismo revolucionario de corte cardenista, lo que mantiene al partido (o partes sustanciales de él) en una posición altamente conservadora frente a las grandes reformas que exige el país para cobrar mayor dinamismo y competitividad (visión que, desde luego, es considerada por ellos como antinacionalista, capitalista, elitista, antidemocrática, etcétera). Por ello también consideran que los males del país en materia económica y social no parten de 1929 sino de 1982, cuando la vieja élite política fue sustituida por los llamados tecnócratas (no por nada López Portillo se llamó a sí mismo el "último presidente de la Revolución"). Es decir, considera el PRD que las cosas hasta esa fecha iban bien y que había que continuar por esa línea, pese al agotamiento del modelo de desarrollo que se reflejó en las crisis económicas de 1976 y la más grave de 1982. Justo la ruptura de la Corriente Democrática dentro del PRI, en 1987, ocurrió al darse por sentado que el neoliberalismo no daría marcha atrás.
El caudillismo ha sido la tónica en ese partido, primero con Cuauhtémoc Cárdenas y después con Andrés Manuel López Obrador. Eso ha retrasado la institucionalización del partido, y explica también que en 24 años el PRD sólo haya presentado dos candidatos presidenciales (los propios caudillos, quién más). Cárdenas se acercó al triunfo en 1988 (si bien no sabemos exactamente qué pasó), pero en condiciones que no aceptaban aún la alternancia. Ya para 1994 su estrella había declinado significativamente (aunque los resultados de 1994 se explican también por grandes errores y deficiencias de campaña, como bien lo documentó Adolfo Aguilar Zínser en su libro ¡Vamos a ganar!). Ya para 2000, todo indicaba que Cárdenas no tenía oportunidades, pero insistió en ser candidato (si bien en ese momento no había muchas opciones). López Obrador prácticamente tenía el triunfo asegurado en 2006, pero cometió prácticamente todos los errores en que puede incurrirse en una campaña presidencial, y perdió la ventaja de diez puntos que aún mostraba en marzo de ese año. No se puede saber a través de las actas electorales quién ganó ese año, pero ciertamente López Obrador manejó la protesta poselectoral dando gusto a sus bases duras (como siempre) y descuidando el electorado independiente y más moderado, sin el cual es imposible ganar. Eso provocó que en 2012 llegara en una situación de debilidad que hacía sumamente difícil ganar la presidencia. Había elementos de sobra para saberlo, pero López Obrador jamás cedería la candidatura a nadie.
La salida de López Obrador del PRD para formar su propio partido - y asegurar una tercera candidatura - implica la primera ruptura orgánica del PRD desde que nació. Es cierto que eso abre la oportunidad a ese partido para convertirse en uno democrático y moderno, propio del siglo XXI. Pero la competencia en los próximos años será con Morena por el voto de la izquierda, lo que probablemente provocará que esa corriente llegue dividida en 2018, perdiendo una nueva oportunidad para acceder al poder nacional. Es la mayor crisis del PRD desde su origen, provocada por la ambición política de su dos veces candidato presidencial.
14 de mayo de 2013
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