El Síndrome de Esquilo
Cada año, el gobierno mexicano invierte sumas millonarias en fomentar la lectura. También la iniciativa privada financia campañas con ese propósito. Sin ir más lejos, los parabuses de la Ciudad de México están llenos de carteles en los que actores de telenovela, músicos y hasta futbolistas respaldan mensajes como "leer 20 minutos al día te hace mejor", o "leer es padrísimo". Por desgracia estas campañas están incompletas. Qué digo incompletas, tienen más agujeros que un gruyère: armadas al vapor en alguna agencia de publicidad, jamás mencionan los beneficios concretos de leer, mucho menos aportan criterios para escoger qué leer: ¿el libro vaquero? ¿La Biblia? ¿tratados científicos? ¿diccionarios? ¿revistas de chismes? ¿Cómo opera esto de los veinte minutos al día? ¿Es una cuestión mecánica como trotar cinco kilómetros, comer una manzana o beber dos litros de agua?
Paradójicamente, es un libro el que ha detonado en mí estas reflexiones. Un libro que se presentará mañana en la Feria del Libro de Minería, en el corazón del de efe: Veredas para un Centauro, de Paola Velasco (Xalapa, 1977). Publicado en 2012 por la Universidad Autónoma Metropolitana, se trata de una magnífica colección de ensayos que nos permite acercarnos de manera distinta a la lectura. En quince textos Paola reflexiona sobre temas tan distintos como los sones veracruzanos, la melancolía, la inutilidad de diferenciar el dolor físico del dolor anímico, el papel del editor en el siglo XXI y las razones por las que algunos autores como Rulfo o Arreola acaparan los reflectores mientras que otros como Francisco Tario son considerados ocultos y periféricos.
Por razones de espacio no podría desmenuzar aquí, ensayo por ensayo, el libro de Paola. Pero aprovecho para enunciar una razón por la que este libro resulta una excelente puerta de entrada a la lectura. Porque derriba templos: frente al lugar común que nos dice que la sabiduría está en los libros, la autora nos hace ver que éstos gozan de un prestigio excesivo que los convierte en piedra. Sacralizar a libros y autores sólo provoca que nadie los lea. En las 133 páginas que dan cuerpo a este libro, Paola Velasco dialoga, entre muchos otros, con Alfonso Reyes, Nélida Piñón, Borges, Platón, Aristóteles, Gilberto Owen, Lucrecio, Voltaire… aunque sorprende su erudición como lectora, se agradece que cite obras y autores sin falsas poses, sentándose a la mesa con escritores a los que, para bien o para mal, les hemos pegado la etiqueta de consagrados. La joven veracruzana nos invita a discutir con ellos, a darle la vuelta a las ideas, a buscarles las costuras como lo hace ella misma cuando le lanza puyas al prologuista de los cuentos completos de Francisco Tario, o cuando dice que su gato prefiere leer a Borges que al filósofo español Gómez Pereyra.
Con hábil manejo de la ironía, Paola nos recuerda que no debemos leer literalmente, pues de ese modo ni siquiera los libros se recomiendan a sí mismos: en el primero de los ensayos que conforman el libro nos recuerda la historia de Alonso Quijano, uno de los personajes más célebres de la literatura universal: con el cerebro enfermo por consumir tantos libros de caballería, se desbarranca por los laberintos de la locura y sale a recorrer el mundo bajo el seudónimo de Don Quijote de La Mancha.
Twitter: @vicente_alfonso