El Síndrome de Esquilo
La semana pasada, como parte del Festival Internacional Tamaulipas, se rindió homenaje a un cantautor nacido en Matamoros: Jaime López. En la ceremonia se entregaron las llaves de la ciudad al autor de canciones emblemáticas del rock mexicano como "Chilanga Banda", "A la orilla de la carretera" y "Sácalo". Eso me da pretexto para hablar aquí de uno de sus recientes discos: "Por los arrabales".
No estamos frente a un disco más de Jaime López, estamos ante el cenit de la carrera de este chilango oriundo de Tamaulipas. Producido por Maquinasónica y distribuido por Fonarte Latino, el compacto da refugio a doce cortes más un bonustrack: una selección que va desde lo más nuevo hasta la reelaboración de temas clásicos como Doroteo y Nocaut con un sonido rocanrolero folk medio texano. El trago que abre la borrachera, Lobo loco, es un wetback-boogie donde -ya nomás asomarse el acordeón- López enseña el cobre. Un buen aperitivo para un disco orgánico, rocanrolero, que se aleja del unplugged y de la prestidigitación del software y se adentra en las armonías tradicionales.
El segundo tema, Por los arrabales, avanza al paso del potro que, ya sueltas las riendas, rumia y rima sus soledades en el páramo de la memoria. Un tex-mex en toda la extensión de la palabra: "¿Dónde están las que amé por los arrabales?". El modo menor pinta de ocre un desértico paisaje en el que un potro erra y yerra cavilante, recalentando en la parrilla del recuerdo aquellos amores cocinados a las brasas en permanente evocación a don Luis de Góngora y Argote.
Ya para la tercera sale a relucir un güiro y la pista se abre con filosófico ritmo latin-folk: Un anillo de diamantes me pidió mi fiel amante. ¿Sorprendidos? En absoluto. López no ha ocultado nunca su afecto por acabarse las espuelas y botas en la pista. Ya taconeando en la duela, el autor de Chilanga Banda se da de codazos lo mismo con Sócrates que con Salvador Díaz Mirón y Calderón, el de la Barca. Y repito que no me extraña, porque si alguien es capaz de convertir una biblioteca en un salón de baile sin dejar de ser rocanrolero, es Jaime López.
Así, abriéndose cancha entre el 7 y el 9, llega uno de los mejores temas de este compacto: Castillos en el viento. Desde la azotea las macetas son la jungla de mis sueños… Acorde con el acentuado carácter autobiográfico del disco, la rola es cantada por el niño aquel que me cae que no se ha ido. Estamos ante el capítulo cero de las memorias de don Jaime, su viaje a la semilla en compás de cuatro cuartos. Destacan los arreglos y la ejecución de la batería, ya ni decir del paquidérmico colmillo que se asoma entre los belfos del cantante. Castillos en el viento es, no exagero, una lección condensada para quienes sueñan con escribir canciones: los fraseos rítmicos planteados en cada verso, las soluciones melódicas y la originalidad en las imágenes nos demuestran por qué Jaime sigue siendo uno de los mejores fabricantes de canciones en este país. Cuatro minutos son la mejor herencia de quien lleva cuarenta años fajando cuerpo a cuerpo con la guitarra.
Otra joya es, sin titubeos, Alma de tabique. Hermana siamesa de Corazón de cacto, no exagero al decir que esta rola tiene un aire de blues que valen por todo el disco. Tirada ahí la ve el amanecer, le sale el pavimento por la piel y se desnudan sus huesos… Cacho a cacho ya se va, despellejando como la pared, con alma de tabique al más allá. Hasta ahí nomás. Una vez más estamos frente al mejor López que, sin aspavientos, deja en claro que no sólo es dueño de la troka sino de la carretera. Uno sobre otro, los adobes acústicos de Jaime López hacen una pared recia, sólida, indestructible. "Por los arrabales" es un disco autobiográfico y honesto que confirma que -cada vez más- las disqueras independientes le están comiendo el mandado a las transnacionales. Felicidades, otra vez, al maestro Jaime López.
Twitter: @vicente_alfonso