El Síndrome de Esquilo
La semana pasada comentamos el reportaje novelado en el que García Márquez narra la aventura que vivió el director de cine Miguel Littin cuando entró clandestinamente a Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet. A raíz de ese artículo recibí un correo en donde uno de mis cuatro lectores me cuenta un detalle importante: cuando el libro fue publicado, el gobierno de Pinochet quemó 15,000 ejemplares de la primera edición.
Pero el correo también me recordaba otro clásico latinoamericano: "Confieso que he vivido", las memorias que Pablo Neruda estaba redactando cuando lo sorprendió la muerte en 1973. Se trata de un libro redondo, sin desperdicio, que nos permite ver en qué medida la biografía del poeta está entrelazada con su tiempo. Pero este libro presta además un servicio inestimable a quienes no están familiarizados con la literatura: explica en palabras muy sencillas, y de forma clara, para qué sirve un poeta. En realidad no sólo lo explica: nos permite ver cómo y para qué vive un poeta. Como si quisiera curarse en salud, en la página 136 Neruda afirma: "si los poetas contestaran de verdad las encuestas largaría en el secreto: no hay nada tan hermoso como perder el tiempo". Pero Neruda no lo perdía: vivía atento a su tiempo, del que fue un cronista invaluable, un cronista en verso. Basta enlistar algunas situaciones incluidas en las memorias del Premio Nobel de Literatura 1971:
Como miembro del servicio diplomático de su país, a Neruda le tocó conocer en la India a un joven Gandhi que comenzaba con sus luchas. Lo describe como un hombre con "una cara fina de sagacísimo zorro; un hombre práctico, un político parecido a nuestros viejos dirigentes criollos". Le tocó vivir también la guerra civil española y convivir muy cercanamente con poetas como Miguel Hernández, Rafael Alberti y Federico García Lorca (con este último se había citado para ver una función de lucha la noche del 19 de julio de 1936. En el programa estaban el Troglodita Enmascarado, el Estrangulador Abisinio y el Orangután Siniestro. Lorca jamás llegó a la cita, pues fue asesinado).
No deja de llamar la atención que una de las doce secciones que conforman este libro esté dedicada a nuestro país. Bajo el título "México florido y espinudo", el fragmento nos comparte las experiencias nerudianas en territorio azteca: "lo recorrí durante años enteros de mercado a mercado. Porque México está en los mercados. No está en las guturales canciones de las películas, ni en la falsa charrería de bigote y pistola". Y agrega: "No hay en América, ni tal vez en el planeta, país de mayor profundidad humana que México y sus hombres". Por ello no es de extrañarse que en México Neruda publicó su libro más ambicioso, "Canto General", un poemario extenso que consta de quince secciones, 231 poemas y más de 15 mil versos. La primera edición incluye obra de David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, y se distribuyeron sólo 500 ejemplares numerados.
A lo largo de 370 páginas, Neruda nos cuenta vivencias significativas en su permanente viajar alrededor del mundo. Escuchamos de un testigo de primera mano anécdotas ocurridas durante la segunda guerra mundial, durante la revolución china o en la desaparecida Unión Soviética, pero también encontramos información que no por insólita deja de formar parte de las cosas que el poeta guardaba en su faltriquera, por ejemplo cómo aprendió a domesticar elefantes, cuál es la mejor forma de conseguir comida china en China o por qué llegó a coleccionar más de quince mil caracoles marinos. Con todo, reserva lo mejor para la última parte, donde hace una certerísima disección del oficio de escritor, cómo se construye un estilo propio, cómo asumir los arponeos de la crítica y por qué debemos propiciar una poesía en la que casi todo el mundo pueda entrar y no construir versos en los que quepan apenas unos cuantos invitados.
Comentarios:@vicente_alfonso