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Fausto Vallejo

GILBERTO SERNA RAMÍREZ

En foto reciente que publica El Siglo de Torreón, luce estragado, falto de fuerza, con claros signos de agotamiento físico. De aquel hombre rozagante en campaña para acceder a la primera magistratura del estado queda poco. Es el gobernador, pero es hora de que no parece mandar ni en su propio organismo. A simple vista se nota disminuido. La ropa no lo viste, ya que ostensiblemente le cuelga. Las mejillas hundidas son dos globos desinflados. Las grandes orejas que antes adornaban su cabeza, en proporciones moderadas, hoy parecen dominar su rostro. Su sonrisa, antaño jovial, ahora es la mueca de un hombre visiblemente enfermo. Se dice de una retención de líquidos, provocada por una cirugía practicada en el mes de octubre del año pasado; obvio la nota periodística no nos dice (ni está obligada a hacerlo) si es hernia umbilical, inguinal, crural o escrotal. Sea lo que sea no hay un diagnóstico del cual pudiera partirse para concluir si la enfermedad que padece lo mantendrá alejado y por cuánto tiempo más de su función pública.

Es una práctica reiterada que no se den los pormenores cuando de políticos se trata, muy a pesar de ser una labor delicada la del funcionario público Años atrás era impensable que un servidor público, de ese nivel para arriba, reconociera estar enfermo, un político que se respetara a sí mismo nunca enfermaba.

El caso de Adolfo López Mateos, Presidente de la República, se mantuvo en el secreto de las oficinas palaciegas hasta que su estado empeoró y se dio a conocer a la opinión pública que su padecimiento consistía en un aneurisma. Los dolores de cabeza lo inmovilizaban sentado en un sillón, a oscuras, apenas si se enteraba de lo que pasaba en su propia casa. Mientras sus más cercanos colaboradores encabezados por Humberto Romero, secretario privado y Manuel Sánchez Moreno líder en la Cámara de Senadores, calentaban su propio atole lanzando improperios al secretario de Gobernación a quien veían como rival de su gallo. No estaban enterados que quien no iba a ser su contendiente era el doctor Emilio Martínez Manotou. El que se trataba de Gustavo Díaz Ordaz al que una vez ungido candidato le bastó dejarlos en la fría banca del desempleo, alejados del oropel político donde permanecerían quietos y callados durante el resto de sus vidas. Le llamaban Tribilín, personaje de caricatura y a la mujer, decían, parecía doméstica.

En entrevista concedida a los medios, el aún gobernador de Michoacán después de permanecer ausente varios días, enfatizó que estar enfermo no es motivo de vergüenza. Que su estado de salud es bueno y que continuará despachando. Por otro lado se especula padece un trastorno diabético, que es una enfermedad cronicodegenerativo que no tiene cura la que únicamente puede ser controlada. Se dice que el gobernador sufre de insuficiencia renal. No dudamos que algo esté pasando; lo que se trasluce de lo anteriormente dicho, lo cual se podría rebatir si no fuera porque a ojos vista se le nota francamente desmejorado. Lo que se antoja es que debería recluirse en sus habitaciones dado su evidente mal estado de salud, ya que como se dice en el argot beisbolero: ni picha, ni cacha, ni deja batear (a un emergente). Pobrecito de él, es una lástima que en vez de estar atendido medicamente tenga que avocarse al estudio y resolución de los graves problemas que aquejan a su comunidad.

Esperemos que mejore su salud y continúe viento en popa su trabajo, al frente de la administración pública. Un milagro es difícil se produzca en tierra tarasca. Ei gobernante Calzonzín, término utilizado por los purépechas en Michoacán para referirse a sus emperadores, creado por el dibujante Rius en Los Agachados, era un personaje de las tiras cómicas que recreaba la vida política de todo nuestro folclor político, sin que la historieta estuviera exenta de pasajes satíricos que ridiculizaban a los hombres que figuraban en la vida pública de antaño y, por qué no decirlo también de hogaño.

Es ese aferrarse a seguir en el presupuesto porque vivir, decía César Garizurieta, fuera del presupuesto es vivir en el error. Parodiando al tlacuache, algunos políticos piensan que morir fuera de la nómina es un horror, por eso aunque anden arrastrando la cobija, primero muertos que renunciar.

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