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Francisco: como un arcoíris

LUIS FELIPE BRAVO MENA

Después de la tormenta

viene la calma y tras

el diluvio el arcoíris

A Iglesia católica pasó de la borrasca originada por la renuncia de Benedicto XVI al cielo adornado por la aparición en el escenario del Papa Francisco. En cuatro semanas se condensó un cambio de época.

Esta es mi cuarta colaboración sobre tales acontecimientos. Titulé la primera con la expresión que el decano de los cardenales utilizó al escuchar la dimisión del Pontífice: "Como un relámpago". Viajé a Roma para seguir de cerca el precónclave y su inicio. Estuve en la Plaza de San Pedro para observar las fumarolas que daban cuenta de las votaciones que se realizaban en el interior de la Capilla Sixtina; a la quinta salió el humo blanco y escuché el "habemus papam, Jorge Mario, cardenal Bergoglio", arzobispo de Buenos Aires.

Acto seguido se presentó en el balcón. El momento tuvo una secuencia cargada de presagios. Primera señal: el nombre que escogió. Segunda: porta su modesta cruz pectoral y una sencilla vestidura blanca, no lleva la muceta roja, usa la estola recamada únicamente para impartir la señal Urbi et orbi. Tercera: pidió a la multitud una plegaria para ser bendecido y se inclina. Cuarta: sus palabras son sencillas y amigables. En cinco minutos dio un vuelco a la situación nutriéndola de esperanzas.

Francisco es el primero en varias cosas en 2 mil años de existencia del papado: llevar el nombre del pobre de Asís, pertenecer a la Compañía de Jesús y llegar de Latinoamérica a la cátedra de Pedro. Nada de esto es irrelevante. No es un outsider y tiene madera de reformador.

Gusta de subrayar su carácter de obispo de Roma, lo que sugiere que podría dar pasos hacia una mayor colegialidad, como se delineó en el Concilio Vaticano II. Ya marcó un estilo. Tiene algo de sus predecesores, la afabilidad de Juan XXIII y la facilidad comunicativa de Juan Pablo II. El primero asumió el cargo a edad avanzada y en su corto pontificado remozó a la Iglesia, el segundo movilizó a la grey en todos los rincones de la Tierra y fue factor de transformaciones profundas en el escenario político internacional.

¿Hacia dónde dirigirá sus pasos el Papa Francisco? Es aventurado responderlo a una semana de su nominación y a tres días de colocarse un austero anillo del pescador. Sugiero tomar como brújula prospectiva los siguientes pronunciamientos: "Cuando edificamos sin la Cruz… podremos ser obispos, sacerdotes, cardenales, papas... pero no discípulos del Señor… Si no confesamos a Jesucristo, la cosa no va. Nos convertiremos en una ONG asistencialista…" En esta homilía a los cardenales, al día siguiente de su elección, encaró dos cosas: la mundanidad en la clerecía y la tendencia a secularizar la acción de la Iglesia.

Cuando narró a los periodistas cómo fue que escogió el nombre de Francisco externó algo de sus motivaciones programáticas: "Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación…". Y exclamó: "Ah, cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres…"

Celebró su primera misa dominical en la parroquia de Santa Ana, ubicada al interior de la Ciudad del Vaticano, pero se salió de sus fronteras y recorrió un tramo de la calle para saludar a los fieles que lo esperaban para el rezo del Ángelus. En ambas ocasiones su tema fue la misericordia de Dios.

A la celebración litúrgica de inauguración de su ministerio petrino acudieron 130 delegaciones, 32 jefes de Estado, monarcas, príncipes y 11 jefes de gobierno. Él, que en lo eclesial es un pastor sucesor de Pedro, titular de la Santa Sede, ejerce soberanía política. En en ese marco habló para sí mismo y para los poderosos que lo escuchaban: "Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su vértice luminoso en la cruz…".

Falta mucho por ver, a comenzar por el nombramiento del secretario de Estado y lo que hará con la curia. Empero, no dudo que estamos en la víspera de una nueva estación de reformas en la Iglesia que, por cierto, seguirá la agenda de la Iglesia y no la que pretenden imponerle sus detractores. Todo ello no dejará de tener efectos en la política internacional. Así lo demuestra la historia.

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