El excepcional educador y teórico de la educación, brasileño, Paulo Freire afirmaba: "Es notable la capacidad que tiene la experiencia pedagógica para despertar, estimular y desarrollar en nosotros el gusto de querer bien y el gusto de la alegría sin la cual la práctica educativa pierde el sentido.
Es esta fuerza misteriosa, a veces llamada vocación, la que explica la casi devoción con que la gran mayoría del magisterio sigue en él, a pesar de la inmoralidad de los salarios. Y no sólo sigue, sino cumple, como puede, su deber. Amorosamente, agrego."1
Mis maestros fueron un modelo de vida, éramos barro amorfo en manos de extraordinarios alfareros, ellos predicaban con el ejemplo, exigían a quienes teníamos el privilegio de ser sus alumnos, que fuéramos siempre mejores, pero ellos eran un ejemplo con su sabia conducta.
Nos daban clases por la mañana y por la tarde, organizaban las fiestas del día de la madre, nos enseñaban a cantar, bailar, declamar, acomodaban los mesabancos para las mamás, eran maestros de ceremonia, es decir no tenían vocación para el conflicto, sino vocación para enseñar y servir, sabían que tener vocación es una inspiración singular, es encontrarse con el poder personal para crear, para forjar generaciones de mexicanos responsables einnovadores.
En lectura de comprensión, nos enseñaban a que nuestra imaginación volara, para que enriqueciera todo el potencial creador y recreara una nueva visión de nuestra incipiente cosmogonía.
Los campesinos dicen que cuando por políticas públicas se cambia la vocación ganadera de la tierra, por una vocación agrícola, no hay buenos resultados… guiarse por la vocación es la clave.
El viejo Filósofo siente el orgullo de encontrar en el país, a miles de mexicanos, con vocación para el apostolado de ser maestro, una generación excepcional de hombres y mujeres, que en el Altiplano o en la lejana serranía, en la frontera o en la planicie, en el ejido o la colonia popular, la mayoría de las veces con escasez de recursos, pero con una imaginación creadora ejercen la sublime vocación de ser maestros.
Ellos, sin plantones ni marchas, sin tomas de edificios gubernamentales, sin violencia ni bloqueos de calles, que trastocan la vida de las ciudades; saben cumplir con calidad y calidez, con la más alta encomienda que la vida da a un ser humano: darle aire a las alas de nuestra niñez y juventud, para formar los hombres de bien, saben que su tarea es sublime: EDUCAR ALMAS.
Miles de maestros con una capacidad sin límites, desde el aula construyen la nueva Patria, con una ejemplar vocación, pasión y mística de servicio, nunca buscan un pretexto para faltar, aplican las palabras de John Ruskin: "Educar no es hacer aprender al alumno algo que no sabía, sino hacer de él, alguien que no existía."
El magisterio mexicano con un orden ritual, se organiza para detonar las fortalezas de sus alumnos, les enseñan que sus posibilidades son infinitas, si se atreven detonar el espíritu guerrero que anida en ellos, hacen de ellos campeones de la esperanza. Para muestra un botón. En el Colegio de Bachilleres de Tamaulipas, se organizó un concurso estatal de oratoria, que fue ganado por Edgar Iván López Rendón, un joven de Nuevo Laredo, Tamaulipas, lo extraordinario es que es invidente, pero la vocación de sus maestros le han llevado a entender que perdió el sentido de la vista… pero le agigantaron el sentido de la vida.
También está el caso de Roberto Adolfo Blanco Rocha, un joven campesino del municipio de Hidalgo, Tamaulipas, que estudia en las modestas aulas del Centro de Educación Media Superior a Distancia del Ejido Oyama. Él, sin tener computadora en casa, fue primer lugar en el Pre nacional de la Olimpiada Mexicana de Informática y tercero en la Olimpiada Nacional. Actualmente lo evalúan para formar parte de la selección nacional que participará en la etapa internacional.
Estas y muchas más, forman parte de las historias de éxito construidas por apóstoles de la educación, que entienden que el conflicto no entusiasma a nuestros jóvenes y que asienten la vocación de ser maestros con alegría.
Resulta que Ramoncito va a la casa de su abuelito el Filósofo, para su sorpresa lo encuentra en la banqueta, sentado en la vieja mecedora, desnudo de la cintura para abajo y le pregunta: - ¡Abuelito!, ¿qué estás haciendo…?
El Filósofo no le contesta. El niño le vuelve a preguntar:
-¡Abuelo! ¿Qué haces sentado acá afuera, desnudo de la cintura para abajo?
El Filósofo le dice:
-Mira, la semana pasada me senté acá afuera sin camisa y se me contracturó el cuello, y se puso duro, esto… ¡fue idea de tu abuelita!
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