Casi tres décadas después del crimen que abrió un cisma entre ellos, madre e hijo ahora hablan amablemente. Se ríen de alguna tontería. Ella le abraza y le dice te quiero. El le sonríe.
Con frecuencia almuerzan juntos en la sede de la organización donde trabaja ella. Y un día reciente la madre, Gaile Owens, hablaba junto con su hijo Stephen en una sala de conferencias, respondiendo las preguntas de un reportero sobre su tormentoso pasado. Sobre el asesinato del padre de Stephen, sobre las razones por las que ella lo mató, sobre los años en que ella estuvo en el pabellón de los condenados a muerte. Sobre la carga de rencor y rabia que Stephen albergaba contra ella y, finalmente, sobre su decisión de superar esos sentimientos y perdonarla.
Ninguno de los dos quiere insistir en el pasado. Ella dice que no se puede volver en el tiempo, él añade que no se puede perdonar a alguien y seguirle achacando lo que hizo mal. A Stephen, hoy de 40 años de edad, le tardó gran parte de su vida adulta llegar a este momento.
La decisión de perdonar a su madre, dice Stephen, "me dio una vida que de lo contrario yo nunca hubiera tenido".
De niño, Stephen adoraba a su padre. De adulto, lamentó su ausencia: en sus juegos de basquetbol, en su boda, en el nacimiento de sus hijos.
Durante años, Stephen no quiso saber nada de la mujer que causó todo este dolor y luto. Pero gradualmente, halló la manera de perdonarla. Y más aun: luchó para conseguir que la dejen en libertad.