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Jimulco (II)

A la ciudadanía

GERARDO JIMÉNEZ G.

En la colaboración pasada comentábamos sobre la singularidad de Jimulco, reservorio natural ubicado en el polígono rural del municipio de Torreón, sobre el cual destacamos sólo una pequeña parte de sus valores ambientales, en particular su biodiversidad; también señalamos que este espacio protegido de categoría municipal constituye un binomio donde también encontramos valores culturales en algunas de sus construcciones históricas, pero sobre todo, en su gente, con las actividades que realiza, las tradiciones que conserva y la forma en que vive.

El área de Jimulco está conformada por una formación ambiental en la que se observa un cañón atravesado por un río que separa dos sierras, que antes de la colonización hispana fue habitado por grupos seminómadas a los cuales Roberto Martínez, en su libro sobre La Región Cardenche, refiere principalmente como zacatecos e irritilas, quienes al parecer dejaron vestigios de utensilios, vestimenta y pinturas rupestres. Tuve oportunidad de conocer dos de estas últimas, en los cañones de La Gauldria y El Mimbre, acompañado de amigos lugareños de los ejidos La Trinidad y Jalisco.

Durante el período colonial la zona prestó interés por sus minerales, y se identifica, por el año de 1739, a la Compañía de Jesús como su primer propietario, pasando por otros hasta que en 1876, en los inicios del porfiriato, Amador Cárdenas empezó a adquirir terrenos hasta conformar un extenso latifundio que incluyó el área de Jimulco, una gran parte de los cuales dedicó al cultivo del algodonero. Fue este terrateniente quien construyó los "cascos" de las haciendas aún existentes dentro del ejido La Flor de Jimulco, que junto al singular "puente-canal" que hasta la fecha permite cruzar el Río Aguanaval a la altura del ejido Jalisco, constituyen sus construcciones históricas sobresalientes.

Un evento que ocurre en Mapimí en esta época involucra a Jimulco y le hereda una de sus tradiciones más sentidas entre su población, la de nuestro Señor de Mapimí; se cuenta que en 1715 los indígenas tobosos atacaron ese poblado y algunos de sus sobrevivientes extrajeron de su iglesia el Cristo crucificado y lo protegieron en una procesión que incluyó esconderlo en la Sierra de Jimulco, desde entonces la gente de estas comunidades realiza cada 6 de agosto su propia procesión hasta Cuencamé, donde finalmente fue depositado el Cristo.

Al igual que en otras partes de la región, la producción de algodón atrajo flujos de migrantes provenientes mayormente de los estados sureños vecinos, población en la que se encuentran el origen de los árboles genealógicos de los actuales residente en las comunidades de esta reserva ecológica; aquellos migrantes se convirtieron en jornaleros de las haciendas y a partir del reparto agrario en campesinos de los ejidos actuales.

Durante el período hacendario surge otra de las tradiciones que identificaron a Jimulco, la del canto cardenche, tradición musical que si bien prácticamente desapareció en esta zona, está basada en cantos sin acompañamiento de instrumentos, a "capela", expresión común denotada por la gente, que relata tradiciones, leyendas de personajes o situaciones vividas o mitificadas, compartida y aún vigente entre los cardencheros de Sapioriz, en el municipio de Lerdo. A esta tradición religiosa se agregan otras como la de la Virgen de la Concepción en el ejido Juan Eugenio, la San Isidro en la Flor de Jimulco, y más que ya forman parte de su historia e idiosincrasia.

El régimen hacendario de esta área también se vio alterado por la reforma agraria posrevolucionaria, repartiéndose las haciendas del extenso latifundio de la familia Cárdenas, afectadas por el gobierno del general del mismo nombre, dando paso en ella a seis núcleos agrarios hoy distribuidos en nueve comunidades rurales, en las cuales se desarrolló una de las más interesantes formas de organización económica ejidal a nivel nacional con también sobresalientes liderazgos campesinos.

La creación de los ejidos dio paso a otra de las tradiciones que, afortunadamente, aún se conserva: la celebración de sus festejos de aniversario, la de mayor relevancia en estas comunidades, efectuada la mayoría de ellas en este mes de noviembre con eventos que dan un significado cultural pintoresco al lugar, desde el desfile escolar, la comida de asado y siete sopas para toda la población, y otras más típicas de cada comunidad.

En el Jimulco poscardenista ocurrieron procesos y eventos similares a los de otros ejidos laguneros, cuando bajo la tutela estatal dependieron del crédito rural oficial para sembrar algodón y, posteriormente diversificarse a cultivos como forrajes, destinados a alimentar ganado en medianas explotaciones operadas a través de sociedades o grupos, organización que heredaron hasta la actualidad a pesar de que gran parte de ellas se cerraron cuando se restringió el financiamiento gubernamental, a fines del siglo pasado.

La falta de este apoyo disminuyó la actividad productiva agropecuaria en estos ejidos, propiciando la precariedad en algunas de sus familias y provocando la migración de una parte de su población, particularmente de jóvenes, que se trasladaron a las ciudades de la región o fronterizas en busca de opciones de empleo, que aunado a las reformas salinistas en materia agraria y de aguas mediante las cuales se permite la enajenación de tierras ejidales y derechos de agua, fenómeno que ocurre en estos ejidos, limita sus condiciones para el desarrollo de sus comunidades.

Aun así, una parte importante de esta población se mantiene laboriosa cultivando sus parcelas agrícolas y pastoreando el ganado caprino y bovino en los agostaderos, o recolectando orégano para vender su hoja, mezquite para elaborar carbón, o produciendo en sus traspatios familiares vegetales y frutas en huertos, o alguna especie animal doméstica que les proveen alimentos para autoconsumo, diríase casi orgánicos.

Es así como Jimulco presenta ese binomio actual de ser un área que alberga un valiosa riqueza natural en cuatro ecosistemas que posibilitan el origen y sobrevivencia de una flora y fauna singular, pero también una población rural que mantiene su identidad asociada al lugar y a los valores culturales que ha construido, entre realidad y mito, y que al final son, como el resto de los torreonenses o laguneros, conciudadanos con los cuales compartimos nuestra propia historia.

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