La Selección Mexicana de futbol, en su modalidad Sub-20, ha conseguido el boleto para participar en el Mundial de la especialidad, a celebrarse en Turquía. No lo hizo de manera casual o de panzazo, por el contrario, mostró hechuras y carácter para imponerse a todos los rivales y levantar el trofeo que la acredita como monarca de la zona.
Cierto es que los rivales no eran así como para invitarlos a cenar a la casa pero, en semifinales y en el partido grande, enfrentaron a los tradicionales adversarios que les jugaron como si fueran enemigos: El Salvador y Estados Unidos y a ambos les aplicaron la amarga medicina de la derrota.
La ciudad de Puebla fue la sede de este Premundial y eso le dio una ventaja adicional al cuadro azteca, jugando todos los partidos con el aforo total, ya que en un buen gesto del comité organizador se permitió la entrada gratis y de esa manera el público apoyó en forma determinante a los locales.
La historia de éxito que va enmarcando a los diversos representativos nacionales se empezó a escribir hace casi siete años en el Mundial Sub-17 de Perú. En esa ocasión, un grupo de niños mexicanos pisaron tierra inca para realizar el sueño de ser campeones del mundo.
Recuerdo que al principio del certamen nadie, ni federativos, prensa o público los pelaba. A partir de los triunfos se comenzó a hablar de ellos y hasta que ganaron la semifinal los ojos del país se posaron en el grupo dirigido por Jesús Ramírez.
Tuve el privilegio de integrar el contingente que Televisa envió a la final donde el Tri enfrentaría a Brasil. Raúl Orvañanos, Raúl Sarmiento y un servidor pudimos emocionarnos hasta las lágrimas con el pundonor y la entrega de esos chavales que materialmente borraron de la cancha a los amazónicos.
A partir de ahí ha operado un evidente cambio de mentalidad en el futbolista mexicano. Han entendido que los partidos hay que jugarlos y que no hay en la actualidad equipos invencibles. En suma, saben que no van a jugar contra la historia de Uruguay, Alemania o Brasil sino contra chavos de su edad a los que les duelen las patadas igual que a ellos, que tienen un hoyo en la panza la noche previa al partido y a los que, con concentración y disciplina, se les puede ganar.
La mayoría de los futbolistas que integran este combinado menor de 20 años ya fueron campeones del mundo. Lo consiguieron en sub-17 hace un par de años en nuestro país, cuando hicieron estremecer al mismísimo Estadio Azteca.
Nadie puede garantizar que traerán el trofeo a casa pero indudablemente se van a morir en la cancha, emulando a los que hace unos meses se trajeron el oro de los juegos olímpicos de Londres.
Bendita juventud que no se arredra ni arruga. Sus sonrisas son la mejor medicina para un país que requiere, urgentemente, la esperanza.
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