La primera impresión de un país son sus billetes. En Argentina recibes papeles tan gastados que parecen venir de un tiempo legendario, cuando San Martín los tuvo bajo su montura.
La sensación de deterioro prosigue en las aceras, que sólo se salvan de estar rotas en los sitios que los perros escogen para defecar.
Si alguien piensa que esto anuncia un país acabado, se equivoca. El cascarón de la realidad está quebrado, pero su interior está en efervescencia. La crisis española ha sumido a mis amigos en un tono de lúgubre abatimiento; en cambio, los amigos argentinos asumen el desastre como una forma de la tradición, un malestar crónico para el que ya desarrollaron anticuerpos.
Está de moda que los equipos del mundo contraten líderes de las barras argentinas para adiestrar a sus hinchadas. Aunque la pasión depende de la espontaneidad, los argentinos han descubierto trucos para expresarla con mayor enjundia. No estaría mal que también se fichara a motivadores argentinos para generar entusiasmo en tiempos de crisis. En su obra de teatro Más pequeños que el Guggenheim, Alejandro Ricaño habla con ironía de los artistas mexicanos que necesitan subsidios para pensar. Uno de los protagonistas pide una beca de jóvenes creadores y otro le advierte que ya no es joven. "Burocráticamente sí", comenta el artista en busca de apoyo oficial.
La vitalidad argentina escapa al mecenazgo, que puede ser útil, pero también paralizante. Como es de suponerse, no todas las iniciativas dependen de las musas. Algunas de ellas caen en el fértil terreno de la economía informal y la picardía delictiva, cuyo rico catálogo se expresa en película Nueve reinas.
La capacidad de actuar al margen de los designios oficiales ha llevado a casos como el de Mauro Martín, jefe de la barra brava de Boca Juniors, arrestado en enero de 2013 por un asesinato cometido en 2011. La causa del delito fue uno de los ubicuos perros que defecan en Buenos Aires. El cuñado de Martín se hartó de encontrar inmundicias en la puerta de su casa y pidió ayuda, no para eliminar al perro incontinente, sino a su permisivo dueño.
Seguramente, el líder de la volcánica tribuna de Boca se sintió dueño de una fuerza que no requería de aval jurídico. Ernesto Cirino, propietario del perro, fue ultimado y la barra brava quedó acéfala. Poco después, los lugartenientes de Martín se dieron a la fuga, lo cual produjo el vertiginoso rumor de que ahora dirigen a la hinchada desde un helicóptero.
La impunidad permite invenciones negativas. Pero Argentina es mucho más que los billetes arruinados, los billetes nuevos, pero falsos, el billete de 200 pesos de Evita que no reconocen los cajeros automáticos y las estratagemas del mercado paralelo, donde el dólar blue vale el doble que el verde oficial. En una sugerente inversión de términos, la economía es un delirio y la imaginación un principio de realidad.
Buenos Aires es la tercera capital del teatro en el mundo. Hay más 400 foros que van del underground (que a veces incluye las salas de las casas) a las puestas comerciales de la calle Corrientes. La Feria del Libro, que se celebra en estos días, representa un incontestable triunfo de la lectura. En nuestro idioma, el mejor cine, la mejor caricatura, el mejor periodismo deportivo, el mejor teatro y la mejor literatura se producen en Argentina ("¡y decí algo de las pizzas!", reclama un amigo porteño).
El aparente descalabro coexiste en Buenos Aires con la energía creativa. De tanto repetirse, las inclementes noticias de la vida real no son una señal de alarma sino una sugerencia que se puede pasar por alto.
Hernán Casciari escribió un texto singular en el que compara a Messi con el perro que tuvo de niño, un perro que perseguía una esponja y sorteaba cualquier obstáculo para conseguirla. Messi ignora las patadas, no aprovecha los ilícitos para derrumbarse, persigue la pelota con la pasión febril del cachorro que perseguía la esponja. Si dramatizar lesiones es una forma de ser argentino en la cancha, soportar los embates como si no existieran es otra forma de serlo.
Según Casciari, Messi encuentra un estímulo canino en el acoso. Esta sugerente hipótesis permite no sólo entender la destreza argentina ante el acorralamiento, sino reconciliarse con los desobligados perros de Buenos Aires (por desgracia, nadie se la explicó al jefe de la barra de Boca).
En Hollywood Ending, Woody Allen encarna a un cineasta que se está quedando ciego, pero no lo dice para seguir en la película. El resultado es un desastre que causa la ira de los productores. Sin embargo, la crítica francesa celebra que al fin un genio se libere de la tiranía de enfocar correctamente. "¡Gracias a Dios que existen los franceses!", exclama el director.
Cuando la realidad se desenfoca y entra en crisis, el mejor remedio son los anticuerpos argentinos.