Una diputada que se presenta públicamente como "heroína" ha dicho que la reforma recientemente aprobada por la Cámara de Diputados en materia de telecomunicaciones es similar al derrumbe del muro de Berlín. Eso: para la diputada Purificación Carpinteyro, el cambio reciente es equivalente al fin del imperio soviético. Supongo que a la desmesura de la crítica corresponde, la desmesura del elogio. Tal vez el paralelo de ese cambio en la historia del mundo moderno le resultó menor o, tal vez, lejano. La búsqueda de medida es irrelevante cuando de simplificar se trata. Para enfatizar la importancia de la reforma, la diputada agregó que la transformación legal equivalía a... "la independencia de México". Después del Grito de Dolores... el Grito de San Lázaro. Esas son las analogías que, a juicio de la diputada permiten apreciar la dimensión del cambio: el fin del totalitarismo y la conquista de la soberanía mexicana.
No corresponde al espíritu crítico, no sirve al entendimiento, no es prudente que el elogio a la reforma se desprenda del deber de medida, de un mínimo compromiso con la sensatez. Sobre todo cuando la dimensión del elogio no corresponde a la naturaleza del cambio y a los desafíos por venir. El aplauso desmedido no es necesariamente zalamería, interesado elogio al poder. También es un vicio del entendimiento, una flaqueza de nuestra cultura crítica. Los aplausos descomunales ocultan las dificultades pendientes y generan expectativas irrealizables. Alimentan expectativas de imposible realización. Nos encontramos hoy con un torneo de alabanzas que es, en buena medida, autoelogio: finalmente, la república me ha escuchado. A partir de ahora tendremos otro país, un país que, a juicio de la desmedida alabanza, es ya independiente y, sólo a partir de ahora, libre. Hemos conquistado el sueño de la competencia, la calidad de los servicios que recibimos de las compañías de telecomunicación mejorará súbitamente, tendremos ya una televisión al servicio de la verdad y de la justicia, una televisión que nos mostrará y nos expresará; los precios que pagamos por Internet se reducirán sustancialmente; todo el país estará conectado al mundo; el sistema político se refundará para dar paso a una competencia auténtica y a una democracia auténticamente deliberativa.
Un artículo de Gerardo Esquivel en animalpolitico.com ha reconoce la importancia y los méritos de la reforma en telecomunicaciones sin sumarse a esa fiesta de celebración acrítica. Vale leerlo, no para negar el valor de lo reciente sino para ponerlo en su sitio, para comprender y para anticipar. No pretendo convertirme de la noche en la mañana en experto en telecomunicaciones. Tampoco quisiera glosar lo que otros dicen. Mi apunte va en otra dirección: el sitio del elogio en la deliberación pública. Creo que la celebración de la política, la defensa razonada de sus logros, el cumplido a los gobiernos son tan necesarios para la salud de la cultura democrática como la crítica, la denuncia, la protesta.
Ubico el elogio en la misma dimensión analítica y emotiva que la reprobación: ejercicios de la inteligencia independiente que comprende y evalúa; expresiones públicas de lealtad y de pertenencia. En la cultura de la crítica, el elogio es un componente tan necesario como el repudio. Por eso vale pedirle razón y medida a la celebración. Si hay una crítica pedestre, también hay un elogio pedestre. Mientras la denuncia burda sostiene que ningún cambio puede ser real (a menos de que sean los nuestros quienes lo impulsan), el elogio burdo festeja en cada ocasión que el pasado desaparece. La decisión aplaudida clausura definitivamente una era de miseria y oscuridad. El país ahora sí nace, cambia, se mueve. A ese aplauso convoca el gobierno con su tonadilla del México que finalmente camina, brinca y da marometas. Antes estábamos paralizados, ahora galopamos. El aplauso tosco lleva ese motivo publicitario a terrenos de convicción: nueva independencia dicen con empalagosa candidez.
El incauto aplaudidor no solamente celebra que nada del pasado sobrevivirá, sino que está convencido de que todo lo que cambia tiene efectos positivos: todo lo bueno va junto. No hay costos, no hay secuelas negativas, no hay efectos perversos. De lo bueno sólo pueden nacer cosas buenas. Así, la celebración de un cambio supone una fiesta que debe cerrarle las puertas y las ventanas a cualquier sospecha. Es la celebración del distraído: no es necesaria la prevención frente a lo indeseado o lo imprevisto. ¿Para qué habría que descuidar el aplauso con preguntas?
El aplaudidor se concentra en su ritmo. Pero aplaude observando a los que no lo hacen. La lógica de sus simplificaciones lo conduce a pensar que el crítico o el escéptico, ese que no aplaude o aquel que aplaude bajito son, en realidad, cómplices de ese pasado que pensaba extinto. El aplaudidor pedestre sigue atrapado en la lógica binaria, es decir, en ese tiempo anterior a la crítica.
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