Desde hace ya dos años el barril de la lluvia está vacío.
Lo tenemos frente a la casa, bajo la gárgola de la azotea. Recogía el agua que caía del cielo, un agua clara igual que alma de niña. Las muchachas del Potrero venían en las noches de luna a asomarse al barril. Según creencia inmemorial del rancho, en el agua verían el rostro del hombre con quien se casarían. Una vez vez salvé de la muerte a un grillo que había caído ahí. En las noches siguientes un grillo --¿sería el mismo?-- cantó en la ventana de mi habitación.
Ahora el barril está seco. A Dios se le ha olvidado hacerse lluvia. "Es por nuestros pecados" --dice doña Rosa. Y don Abundio murmura: "¿No hará pecados Dios?".
¡Hasta mañana!...