Con la misma humildad y el mismo azoro de Isabel ante el prodigio yo digo sus palabras: "¿Por qué se me concede esto a mí?".
En medio de la reunión familiar mi nieto pequeñito siente sueño y busca mi regazo para dormirse en él. Yo lo tomo en los brazos y lo estrecho; acaso así oirá lo que mi corazón le dice: "Duerme, mi niño, y sueña, en tanto que yo doy gracias a Dios por permitirme, aunque sea por un ratito, ser el guardián de tu sueño, de tus sueños".
Mis brazos han estado siempre llenos, llenos de amistad y llenos de mujer. Ahora están más llenos todavía, con el tibio calor del pequeñito que en ellos duerme en paz. Por no turbar su sueño acompaso a la suya mi respiración. Y tengo miedo aun de parpadear, pues eso podría despertarlo. Mientras el niño duerme junto a mi corazón yo pienso en lo que soy, en lo que he sido -yo pienso en lo que soy, enloquecido-, y repito con emoción y asombro: "¿Por qué se me concede esto a mí?".
¡Hasta mañana!...