Museo de Arte Contemporáneo, Tokio.
A grandes rasgos, la museografía consiste en instalar las colecciones de un museo. Desarrollarla es también un arte, pues ubicar las piezas en un espacio determinado es un trabajo especializado que define la interpretación del espectador y con ello la vocación del recinto.
EL TRAYECTO DE LA PIEDRA DE SOL
Una buena manera de entender la museografía es hablar del ir y venir de una pieza clave en nuestra historia. En 1865 se instauró el Museo Nacional Mexicano en la calle de Moneda, en la capital de la república. Fue en sus instalaciones que el presidente Porfirio Díaz inauguró en 1887 la magna sala de los monolitos donde se exhibió durante algún tiempo la Piedra de Sol, esa que habitual y erróneamente es llamada “calendario azteca”. Tal habitación respondía a la estética de un gabinete de curiosidades y las viejas fotografías la muestran saturada de imponentes objetos, donde más que una lectura histórica queda patente la sensación de poder y misterio que estos transmiten. Posteriormente en 1963, por instrucción del presidente López Mateos, se construyó el Museo Nacional de Antropología e Historia, y se dio la orden de llevar hacia allá la Piedra de Sol. Desde entonces destaca como la joya central en la sala principal del edificio. Otra arquitectura, otra luz, le brindan una nueva lectura a este emblema.
El peregrinaje de este disco monumental ilustra el cambiante trabajo museográfico, sujeto a los designios políticos, tendido entre los problemas prácticos de conservación, traslado y emplazamiento de cada pieza y las necesidades conceptuales, arquitectónicas y logísticas de cada museo. Por dificultosa que pueda resultar esta tarea, el museógrafo coloca los objetos en el recinto elegido, siempre buscando que el público pueda apreciarlos. Su labor es sumamente compleja y va atada al devenir de un museo.
UNA DISCIPLINA MÚLTIPLE
La museografía es la rama profesional que se enfoca en la instalación de un sitio de exhibición, ocupándose de los requerimientos técnicos, funcionales y espaciales de artículos y colecciones. También de dar seguimiento al almacenamiento, seguridad y conservación del acervo completo (el diccionario la define de manera resumida como conjunto de técnicas y prácticas relativas al funcionamiento de un museo). Todo esto en consonancia con los lineamientos teóricos y conceptuales marcados por cada institución.
Los profesionales del ramo pueden ser egresados de carreras de artes visuales, diseño o arquitectura, con estudios de maestría o experiencia práctica en esta tarea. Tratándose de una materia de un alto grado de complejidad, en México contamos con academias especializadas de primer nivel, como lo es la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía “Manuel del Castillo Negrete” (ENCRyM) del INAH.
El museógrafo es polímata, debe conocer de diseño arquitectónico e industrial (para perfilar estructuras, mobiliarios, planos, soportes), de diseño gráfico (para fichas informativas, cédulas, gráficos de sala), y teoría del color e iluminación. Además requiere estar familiarizado con la dinámica de un museo y sus características administrativas y legales. Y por supuesto, tener la suficiente preparación académica para entender la historia y el contexto de la colección. A esto se debe sumar un papel como mediador entre los investigadores y curadores, directivos, funcionarios culturales y coleccionistas, estructurando un trabajo que cumpla a cabalidad con los objetivos planteados por todos los involucrados.
Un museógrafo puede ser parte de la planta fija del museo o bien prestar sus servicios por comisión, de forma independiente. Su actuación dicta la diferencia entre un repertorio que luzca en todo su esplendor y un mero emplazamiento provisional, estéticamente nulo.
Así, una vez que se decide construir un museo comienza una labor arquitectónica que lleva en mente ya un perfil museográfico. Se genera un diálogo a tres voces entre los teóricos o curadores que dan sentido a la lectura de una colección, el arquitecto que define espacios y el museógrafo que perfila la instalación de los objetos.
Dicho sea de paso, la museografía puede ser para exposiciones permanentes o temporales. Si la colección es el corazón del mismo de una institución, la museografía se convierte en sus pulmones, pues permite el flujo de información que ubica cada pieza en el sitio, la iluminación, el color, el mobiliario y las condiciones de conservación precisas.
EL ARTISTA INVISIBLE
Al hablar de un gran museo no podemos tomar como único punto de referencia su tamaño o la importancia de lo que alberga. Como sucedía en la antigua sala de los monolitos, incluso piezas como la extraordinaria Piedra de Sol pueden perder notoriedad. Por eso la museografía es un criterio de calidad indispensable y en este sentido destacan muchos pequeños establecimientos, por la manera brillante con la que presentan sus tesoros dejando al público admirar, aprender e interactuar con el propio recinto.
No está de más plantear un ejemplo práctico e hipotético. Supongamos que nuestra familia posee un repertorio de miles de fotografías y artículos del periodo revolucionario. Tal vez el gobierno o la iniciativa privada respalden y financien la construcción de un museo. Con la ayuda de un equipo legal haremos la donación o venta del lote. Acto seguido, un grupo de académicos revisará el material y junto con curadores planteará un guión que permita apreciar esas imágenes en bloques accesibles y didácticos. Un arquitecto remozará y adaptará una construcción histórica o mejor aún, construirá un nuevo edificio que lo albergue y el cual en dado momento tendrá un personal que no sólo se limite a resguardar los bienes sino a generar actividades culturales, académicas y educativas que mantengan vigente este lugar.
Por su parte el museógrafo diseñará el mobiliario, buscará los materiales que preserven el acervo, manipulará las piezas y las ubicará en el sitio correcto. Para las más pequeñas se valdrá de un examen detenido, tal vez con lupas suspendidas o lentes de aumento. Ubicará pantallas interactivas, gráficos que destaquen datos importantes, creará exhibidores especiales que se adapten a cada objeto o grupo, dará seguimiento puntual y obsesivo a cada detalle del montaje.
El premio de un museógrafo, además de la remuneración propia de un especialista de este ramo, es que el visitante disfrute de una colección con la seguridad de que cada obra se encuentra a salvo y a la vista. El especialista aborda su trabajo con ropa, guantes y la mente clara, alimentada con los conceptos y requisitos de cada tarea. No se pierde en el éter de las teorías ni es eminentemente manual. Plantea una labor intermedia, pesada y delicada a la vez. En suma, el museógrafo traza el puente definitivo entre la mirada del espectador y la pieza que espera ser descifrada en las salas de un museo.
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