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Olor a pino

OPINIÓN / CUARZO ROSA

Olor a pino

Olor a pino

Cecilia Lavalle

¿Dónde guarda usted algunos de sus recuerdos más entrañables? Hasta hace unos días, si me hubieran preguntado eso, habría respondido sin titubear que en mis cuadernos o en mis artículos. Hoy sé que también los guardo en la nariz. Tras intensas jornadas de trabajo, tomé unos días de descanso. Con mi corazón y ánimo dispuestos salí con mi amado a encontrar amistades añejadas con el cariño y el tiempo, que por ahora viven lejos y en medio de montañas.

Como niña que descubre que el mundo no termina en los brazos de su madre, me dejé sorprender por paisajes ajenos a mi cotidianidad. Pinos y otros árboles enormes me miraron a lo largo de varios días con la elegancia de las reinas y la ensayada indiferencia de la nobleza. Dos horas duró el trayecto del aeropuerto a la casa que alberga a nuestros amigos. Dos horas que transité llenándome los ojos con el paisaje mientras nos poníamos al día como si nunca hubiéramos dejado de vernos.

Al llegar a su hogar, tan pronto me bajé del coche, dos cosas me golpearon: el frío y el olor a bosque. Y entonces, sin mayor preámbulo ni aviso previo, recordé a mi padre. Recordé los días en que salíamos de campamento. Una verdadera aventura dada la inexperiencia de los participantes: amigas y amigos de mis padres, compadres y comadres entre todas y todos, a quienes hasta el sol de hoy llamo tías, tíos, y a su descendencia, primas y primos.

Formaban un grupo que se mantenía unido por el afecto y su afición por la guitarra y el canto. Eran bohemios de todo corazón. Organizaban estas excursiones de vez en vez, a lugares a los que se llegaba a duras penas, en medio de un bosque y cerca de un río. ¡Lo increíble es que ninguno tenía alma de excursionista! Ninguno practicaba deporte alguno, menos el montañismo, ninguno tenía la certeza de saber cómo armar una casa de campaña, y casi puedo apostar que ninguno tenía idea de qué hacer en caso de emergencia.

Pero ahí estaban, con toda su prole y con la mejor disposición de pasar un fin de semana, alrededor de una fogata, cantándole a la luna como cualquier lobo enamorado. Yo tendría entonces siete u ocho años, detestaba el frío y me molestaban todas las incomodidades. Pero ni para qué quejarse, cuando se les metía entre ceja y ceja ir de campamento, ¡íbamos de campamento!

Recuerdo a mi madre, junto con el resto de las tías, preparando los alimentos. A mi padre, junto a los demás tíos, leyendo instructivos para armar casas de campaña. Y me veo a mí, junto al resto de primas y primos, buscando ramas secas para alimentar una fogata que, con suerte, lograríamos prender. Ir de campamento no figuraba entre mis mejores recuerdos, sin duda alguna. No obstante, más de cuarenta años después, ahí estaba yo, parada en medio de un bosque, dejando que el frío me golpeara mientras me llenaba los pulmones de olor a pino y el corazón con nítidas imágenes de mi padre cantando feliz alrededor de una fogata.

Nunca como entonces tuve la certeza de que mi padre fue un hombre feliz. Es más, fue un hombre que, pese a las condiciones adversas que le tocaron en suerte, siempre estuvo dispuesto a ser feliz y aprovechó cada oportunidad para serlo. Aspiré profundo y cuando levanté la mirada al cielo ahí estaba la luna sonriéndome. Y, nomás faltaba, sonreí yo también.

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

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