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Optimismo

Diálogo

YAMIL DARWICH

Optimismo es una palabra que ya pocas veces utilizamos y que describe un sentimiento que tenemos más frecuentemente de lo que pensamos.

Consultando el Diccionario de la Lengua, encontramos que se refiere a lo óptimo: "propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable; doctrina filosófica que atribuye al universo la mayor perfección posible".

El optimismo tiene relación con vocablos que pertenecen a su misma familia, no por sus raíces grecolatinas, sino por su relación con las buenas sensaciones y creación de sentimientos positivos; entre ellos la alegría, satisfacción, felicidad, serenidad y pareciera poco creíble en nuestros tiempos: solidaridad.

Buscando en los índices de felicidad, que tiene mucho que ver con el optimismo, encontramos que lo son mayormente quienes menos tienen; de hecho, países del África Central o los latinoamericanos más pobres, refieren -según las encuestas realizadas en el mundo- que son más felices, comparándolos con aquellos seres humanos que viven en estados conocidos como desarrollados o del primer mundo.

Es clara la relación con individualismo, consumismo y materialismo en que estamos envueltos y sujetos -podríamos decir esclavizados- por los poderosos dueños de la producción mundial de bienes materiales, que buscan mejores rendimientos en sus inversiones, aun a costa de la salud social e individual de los humanos. Esta es una denuncia frecuente que desgraciadamente poco atendemos.

Por otra parte, sin dudarlo, hoy día los seres humanos tenemos más razones para ser felices; anotemos sólo algunas de las causas que lo justifican: los índices de salud han aumentado importantemente en los últimos cincuenta años y actualmente hay enfermedades que han sido totalmente borradas de la faz de la Tierra o perfectamente controladas.

Los más viejos podemos recordar a los cacarizos, personas que habían sobrevivido a la viruela, quienes por las lesiones producidas durante la enfermedad les habían dejado marcada la cara; la poliomielitis prácticamente no existe, aunque aún observemos a algunos mayores que la padecieron y muestran la incapacidad física que les generó para deambular.

La esperanza de vida creció, aun entre los más pobres a pesar de que ellos son víctimas de mayores índices de enfermedad; algunos autores dicen que en los años cincuenta del presente siglo, llegaremos a rebasar los cien años de edad y otros, menos optimistas, calculan que será hasta acabándose el XXI.

La alimentación ha mejorado, aunque en algunos países pobres aún tengamos hambruna y muertes por inanición, no por causa de la desnutrición. Lo triste es reconocer que el mundo produce suficiente alimento para distribuirlo entre todos los habitantes del planeta, quedando abundantes sobrantes, sólo que por razones de ganancias de los pocos no se logra combatir el hambre.

Hay muchas razones para ser optimistas, entre ellas la salud, mejor alimentación, educación formal más generalizada y con mayores expectativas de cobertura; más humanos están gozando de vivienda digna, muchos con la propia, aunque aún estén en proceso de pagarla.

Una empresa refresquera internacional ha patrocinado un estudio que habla de la felicidad y el optimismo, de lo poco bueno que ha retribuido a la humanidad en el que afirman haber encontrado ciento veinticinco razones para que seamos optimistas, entre ellas las que hemos enumerado con anterioridad.

Entre todas esas razones, cabe mencionar que hay particularidades entre los pueblos que gozan de mayor índice de felicidad y sorpréndase, son los que menos necesidades materiales tienen y han aprendido a vivir con lo necesario, sin tener oportunidad de gozar -¿encadenarse?- a lo superfluo.

Ante la ausencia de los lujos, han retenido la riqueza de la vida solidaria, en familia y entre sus grupos sociales; saben disfrutar de reuniones y fiestas comunales y no requieren de grandes inversiones en salones ostentosos, música de grupos e individuos que se dicen cantantes o actores sofisticados.

Tampoco gozan de alimentación excesiva o muy elaborada.

Les caracteriza la vida en familia y la estrecha relación entre sus integrantes; el afecto y compartimiento de sentimientos amorosos son particularidades que les nutren y hacen felices.

Ellos no tienen los grandes ingresos como los que todos soñamos, se limitan a aprovechar lo mucho que poseen al compartir, solidarizarse e intercambiar felicidad.

Curiosamente gozan de unos alimentos espirituales que denominamos: fe y paz.

Cuando descubrí esa realidad, me di cuenta de la esclavitud a que nos han sometido: trabajar para tener recursos y poder comprar lo que no necesitamos, enriqueciendo a quienes no conocemos; a tasar la felicidad en términos materiales: tener, más que ser, poseer más que disfrutar y mantenernos atentos a las novedades que nos obligarán a comprar, para permanecer atrapados en el mundo del consumismo.

Le invito a que reflexione y si piensa que está de acuerdo con el "Diálogo" de esta entrega, lo discuta con sus cercanos y busque cómo defenderse del abuso a que somos sometidos. ¿Qué le parece?

ydarwich@ual.mx

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