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ORDENANDO EL CAOS

MUCHA ROPA

Dalia Reyes

Un invierno corto es fatalidad para las mujeres. El calendario marca tres meses cabales, y nosotras, apegadas siempre a norma, damos por hecho que habrá 90 días de pasarela calientita; a partir de ello, organizamos el guardarropa y planeamos nuestro vestuario.

La mayor parte del año preparamos el momento. Añoramos los días venideros cuando, en rito ceremonial, bajamos del guardarropa más escondido esas cajas de pandora de donde puede salir cualquier maravilla -o cualquier tragedia- lista para combatir los gélidos días prometidos.

Desempacar cada año la ropa de invierno es como trasladarse a Hogwarts al lado de Harry Potter. Las cajas maravillosas arrojan abrigos, sacos, pantalones de pana y terciopelo; bufandas, gorros y guantes; calcetines térmicos, ahoga pulgas y orejeras con pelillos de Tambor, el de Bambi, que se mueven al vuelo de nuestra vista ensimismada. Las botas, bellas durmientes en sus cajas enormes y estorbosas, cobran vida y bailan por sí solas, como zapatitos encantados, dispuestas a cruzar el charco sin mancharse el plumaje ni ser descubiertas por migración.

¿Qué hace uno con solamente 10 días de frío durante los 90 de invierno? Es decir, en esos años cuando hay un invierno apócrifo, tibio y temeroso. Vamos, ya comprenderán la magnitud de la tragedia.

No es lo peor volver a sus cajas los atuendos, como muñeco de ventrílocuo en espectáculo cancelado, sin haber lucido sus galas. Lo más grande está por llegar, y está relacionado con esa determinación que acompaña a las mujeres para no dejarnos atropellar por el clima: estos abrigos, los uso porque los uso.

Y ahí está la cosa: faltan 30 días para la primavera, el termómetro marca 25 grados y hay damas pululando con sacos gruesos, botas altas y mallas ajustadas y oscuras, en tanto los sudores se esconden en esos peluchitos que suelen poner los diseñadores para darle un toque de sofisticación a la ropa simple.

Las comparaciones no son buenas, pero en este momento no tengo otro recurso. Las chicas nos convertimos en tamales en hojas de plátano vaporizando sus olores; somos taquitos sudados; parecemos Santa Claus en Argentina; trocamos nuestros dones para ser botargas del Doctor Simi en vacaciones de verano. No tengo más.

Considero suficiente la explicación anterior para, por un lado, plantear la importancia de llamarse invierno y serlo cabalmente; por el otro, pedir compasión de los caballeros en los momentos cuando se topen con una mujer demasiado arropada ante un termómetro implacable. No le digan ¿Dónde te cayó el invierno? -sobre todo porque lo es-; es mejor algo así como: "está fresquito, ¿verdad? Gracias.

dreyesvaldes@hotmail.com

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