Sí, compañeros, estoy de acuerdo con la moción: es imperativo acabar con la proliferación de esos artefactos promovidos por los imperialistas, interesados en diseminar un virus terrorífico que acabará con nuestro planeta, mas no el de ellos.
La oligarquía está empeñada en inundar nuestras tierras vírgenes, esas grandes extensiones con dueño y todo en donde nadie produce, siembra o pastorea nada. Esos son los espacios ideales en donde está sembrado el origen de nuestra desgracia: las bolsas plásticas.
Isaac Asimov lo dijo; yo lo confirmo: las bolsas plásticas no son sólo una herramienta para paliar el viaje súper-casa; en realidad fungen como el vehículo infiltrado con parásitos poliméricos dañinos. Esta es una buena razón para promover un alto a su uso; otra muy buena, lo feas que son. La mejor de todas: ¡es imposible despegarlas cuando nuevas!
Las mujeres invertimos 90 minutos en hacer la despensa -no, señor, su esposa no entra en la generalidad-; el 30 por ciento del tiempo está dedicado a pelar contra las bolsas en donde colocaremos la despensa.
Numerosos sitios en internet publican datos espantosos sobre el tema, buscando seducir a los humanos y convencerlos de parar con esa orgía plástica que son las bolsas. Sus argumentos son: sólo un país dejaría de usar 80 millones de bolsas al año; son hechas usando millones de litros de petróleo; son basura abundante por las calles, las playas, los mares, lagos, bosques, y, además no son biodegradables.
Como puede verse, nada convenció lo suficiente al mundo, porque la huerta de Don Chito sigue sembrada con bolsas coloridas. Yo, amigos míos, tenga la solución: levantemos nuestro puño y acabemos con esos malditos artilugios incapaces de comprender nuestras urgencias por guardar la compra y correr a casa.
El otro día libré una lucha intestina contra una. La tomé con cuidado y busqué sus extremos. Nada. La restregué con gentileza y no apareció la boca; la hice "chocolate" frotándola entre mis manos y sólo conseguí una pieza con características similares a la piel elefantina. Decidí sacudirla con violencia, como tendiendo pantalones; la amenacé, le dije cosas y soplé y soplé sobre ella. No conseguí mi cometido.
La señorita cajera ofreció llamar a un "cerillito", pero mi dignidad estaba muy maltrecha y puse todo en mi bolso de mano, los bolsillos del saco y cuanto espacio disponible encontré en mi anatomía. ¿Qué hacer al respecto?
La expulsión definitiva del planeta es la opción. Consultaré el código penal y el civil; las leyes del trabajo y las de educación; los Derechos Humanos y de los Animales, todo encaminado a encontrar la respuesta: o nos ponen bolsas con fácil abertura - y reciclables, calor- o enfrentarán mi ira.
dreyesvaldes@hotmail.com