Supongamos: soy una activista pro libre albedrío humano. Promuevo libertad para nuestros cinco sentidos, o seis o siete, cada quien. Mi primera acción sucede en muy transitado crucero, en donde emito mis arengas a cuanto automovilista respeta la luz roja; veinte semáforos después, vuelvo a casa -que es la suya- con la garganta desecha, pocos adeptos y una colección de papeles que yo no pedí tener.
Esta campaña pro decisión deberá empezar por lo imperceptible. Usted podrá tildarme como exagerada, sin embargo, no deje el coche al lavador sin antes sacar los volantes, papelitos, promocionales, boletines, revistas, periódicos gratuitos, ofertas de última hora, amenazas referentes al fin del mundo y el número que le correspondería si fuese uno de los elegidos para salvarse y repoblar el mundo.
Nada más ayer, en un crucero, recibí las mejores ofertas para comprar vehículos usados, un costurero cuyo costo era "lo que sea su voluntad", tres libretitas por 10 pesos, escoba y trapeador minúsculos, un volante para comprar pollos dos por uno y la mejor oportunidad de mi vida para contratar a cierto pintor a domicilio. Dos segundos antes del rojo me arrebataron la mitad de las entregas, una persona en patines me acercó una alcancía para ayudar a desconocida institución, me pegaron una calcomanía extraña y limpiaron el vidrio frontal.
Darles seguimiento a los papeles recibidos implica trabajo, y no poco; además, verlos no fue una decisión personal. Asimilado lo anterior, opté por rechazar todas esas entregas, pero me enfrenté a la furia social.
"¿Qué te cuesta?", dijo mi esposo condolido por la condición del entregador. Quise recitarle todo este texto pero cambió el semáforo a verde, su actitud a negra y mi estado de ánimo a azul. No entiendo por qué somos tan criticados cuando decimos "no".
Tomé una decisión: cuando voy sola en el vehículo, rechazo toda entrega, oferta, promoción o suscripción por mi ventanilla; si voy acompañada de mi marido, acepto todo… y se lo doy a él para que le dé trámite. Una semana después de mi estrategia, él cambió la ruta y ahora circula por calles pequeñas; cuando no tiene más remedio, llega al crucero, cierra discretamente la ventana y sube el volumen de la radio. Nada acepta, pero tampoco escucha.
dreyesvaldes@hotmail.com