A modo de prólogo, publicaré una queja amarga, añeja en mi pecho, ante la imposibilidad de encontrar sentido al proceder del medio magisterial. No, señor, no hablaré yo de la Reforma, el nivel académico o el gusto escaso por la lectura entre el gremio; sólo quiero entender qué maligno ser les ofrece como buen regalo para el Día de la Madre darles la jornada libre a los chiquillos de educación básica. ¿No es una contradicción, acaso, queridos mentores del mundo?
Listo. Paso a otro asunto no menos maternal y sí más incierto: la especie a la cual pertenecen las mamás. Bueno, esto porque, históricamente hablando, hemos sido algo así como un hongo, entre divinas y asexuadas, humanas incompletas, seres ubicuos pero fútiles.
Todo lo anterior es a razón de lo siguiente: cuando va una por las grandes tiendas departamentales, el apartado para celebrar a la progenitora es acotado, singular y muy cercano a la cocina. ¿Acaso no pertenecemos el común de los mortales y pudiéramos elegir cualquier cosa en cualquier sitio? Es decir, si yo quisiera una motocicleta Honda 2013 no es muy probable que la encuentre entre esa amable selección hecha por los empleados rutinarios.
En el pasado -y muchos sitios del presente- la mamá tenía fecha de caducidad: en cuanto los hijos eran autónomos, su funcionalidad no estaba tan clara, por lo menos mientras se convertían en abuelas y ya podían figurar como ente aceptable en las fotos familiares. Como su labor estaba en casa, ni pensar siquiera en una bicicleta para la señora, todo se iba entre delantales y la olla exprés última generación.
Luego aparecieron en la evolución materna esas mujeres productivas, pensantes más allá del biberón y los pañales; esta característica fue en aumento hasta llegar a la ignominia social, porque nadie entiende, bien a bien, cómo clasificarnos. Hasta la fecha, como podemos ver, decir mamá nos trae una imagen a la mente que no coincide con la de trabajar ocho horas organizando el tránsito, apagando fuegos, investigando un caso y el resto amansando hijos; por eso nos ponen apellidos.
Años atrás, decir mamá no tenía mayor complicación que saber de quién; hoy, determinamos la clase de amalgama en la cual consiste: si es, además, empleada, estudiante, voluntaria, viajera, investigadora, en fin. En el futuro, supongo, cuando mencionemos la palabra, daremos por hecho la multiplicidad de sus actividades y será extraño si alguien nos dice que se dedica solamente "al hogar".
En lo personal, soy alga, hongo, coral, lo más extraño que usted conozca, en tanto a las mamás nos actualicen "el uso de suelo"; esto nos permitirá seguir siendo algo muy a todo dar.
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