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ORDENANDO EL CAOS

MIS PEDACITOS

Dalia Reyes

Estoy hecha de pedazos. (No hay tal error, señor, justo eso quise escribir). Tal como lo dije: mi todo yo es, en realidad, una amalgama hecha con trozos cuyas estructuras moleculares son distintas.

No me percaté de ello sino hasta alcanzar ese estatus de pequeña burguesa, candidata a recibir catálogos Avón, a comprar zapatos Andrea y, por lo tanto, dilapidar mis recursos entre magros y suficientes en afeites y sustancias innecesarias para la vida pero muy útiles ante la sociedad.

Primero fue el champú. La sencilla elección del color y el aroma se complica en profundas decisiones entre comprar el de rizos largos, cortos o medianos; lo más difícil radica en identificar el mejor para la melena y uno más para las puntas capilares.

Ahí empezó el problema existencial: ¿acaso no soy la misma persona de punta a pie? Primero pensé en la posibilidad de que mi madre, siendo yo una niña, me hubiese injertado cabello o puesto extensiones capilares cadavéricas con la finalidad morbosa de inscribirme en Toddlers & Tiaras y volverse millonaria. Pero esa idea la descarté luego de ver mis fotos infantiles en el álbum familiar, no tenía posibilidad alguna.

Me escindí luego en cuatro partes: torso y piernas, manos, rodillas-codos, y sitios innombrables. La chica de Avón me juró que debía utilizar distintos jabones para cada una, a fuer de quedarme flácida, manchada, rugosa e inservible, respectivamente. Compré todos los productos; a partir de entonces, tomar un baño es como seguir un complicado manual de procedimientos, pues temo equivocarme y acabar flácida de los codos, manchada del torso, inservible de las manos y rugosa del resto.

Ay, pero la cara. Esto ha sido el acabose en mi vida. Es un espacio breve -sí, señor, en mi caso no lo es tanto considerando mis cachetes- cuyas zonas se multiplicaron y dividieron como colonias de interés social. Frente, pómulos y barbilla, he de restregarlos con cierta crema exfoliante cada tercer día; párpados superiores, con un gel; los inferiores, con una crema ligera, esto mañana tarde y noche. Los labios llevan un labial transparente que huele a coco cuando nuevo y a manteca de cerdo cinco días después.

El cuello, por su parte, requiere crema transparente con aroma a fresco; los hombros, un protector solar con aclarador y reafirmante. Cuando uso todos esos potingues, siento como si maquillara todas mis vidas pasadas, sólo que en pedacitos, porque no me explico cómo, si todas las partes de mi cuerpo tienen la misma edad y el mismo origen ¿en qué momento surgió la desbandada que los hizo tan distintos? Si alguien sabe, me lo explica, por favor.

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