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ORDENANDO EL CAOS

MUCHA TENTACIÓN

Dalia Reyes

Llegué a una conclusión: el cine tiene la culpa de la disfuncionalidad familiar, en todos sus niveles, colores, sabores y envolturas. He dicho.

La semana pasada estuve en una ciudad pequeña rodeada por otras más aún. Ninguna de ellas tenía cine -ni grandes centros comerciales, antros, ruidosas, calles principales o centro de grandes espectáculos-, aunque sí una placita muy mona en donde daban vueltas y vueltas niños, jóvenes y adultos.

Con la boba expresión de una citadina, pregunté cómo gastaban el tiempo ahí, sobre todo los fines de semana, y me dijeron que en la casa familiar. ¿Recuerdan ustedes esas caricaturas en donde el personaje injusto aparece con una suela en la cara? Así me sentí yo.

Las chicas cuestionadas me respondieron con asombro, por mi ignorancia, explicando cómo se reunían semana a semana para compartir la comida y cena entre hermanos, primos, abuelos y más allá, porque, además, tienen la gracia de vivir muchos más años que el resto del mundo civilizado.

No hay cine, ésa es la razón, pues si lo hubiera, fungiría como la sucursal del infierno, como lo hace en las grandes urbes, en donde este sitio se vuelve no un punto de reunión, sino la escisión entre padres, hijos jóvenes, más chicos, niños pequeños y mascotas.

Hace algunos años -no, señor, no soy contemporánea de Lumière-, el cine era un paseo colectivo: las películas podían ser vistas por ojos cándidos y no tanto. Las historias que ponían en la pantalla -además de los comerciales- tenían qué ver con héroes sociales, circunstancias difíciles con final feliz y, cada año, todos nos dábamos cita para ver La Pasión de Cristo, única fecha cuando las hermanas religiosas podían asistir a lugar tan mundano.

En realidad, lo más mundano del sitio era la dulcería, cuyos precios no estaban al alcance de una tan paupérrima, así que nos conformábamos con las cortesías que mi prima podía pasar por la vitrina llena de lunetas, chicles y chocolates gigantescos, de esos Toblerone y párele de contar, terminaban las dos películas y todos de vuelta a la realidad.

Hoy en día, el cine es un pretexto para salir sin la tribu. La jovencita va con sus amigas a ver Glitter u One Direction, la Película, sin acceso para padres; los novios acuden en parejas, sin chaperones, a ver cualquier función, lo de menos es el tema; los chiquillos reducen su edad cada vez más para ir solos a Los Piratas del Caribe y versiones bastante candentes de Transformers.

El paseo continúa con un ir y venir por grandes plazas comerciales, cuyos pasillos se convierten en un laberinto sin salida, cuya bestia se transforma en puestos mil de helados, churros, comida rápida y cientos de extasiados alrededor. ¿Volver a casa con la familia? Eso no es una buena elección para la popularidad.

Ahora quedó claro. El cine debería ser juzgado.

dreyesvaldes@hotmail.com

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