Tanto muere el que estira la pata como el que no. Algo así, tengo la idea, aunque vaga, diluyéndose entre la certeza y la irresolución; conste, no estoy hablando de los papalotes sobrevolando las reformas venidas y por venir, sino de un acontecimiento propio, interno y muy profundo: Díganme: tomar café hace daño sí o no.
El recurso infalible de encuerar flores pétalo por pétalo no me parece, en esta ocasión, acertado, solamente acudiría a mi persona para acrecentar una efervescencia que me habita cuando lo tomo y cuando no.
Todos ustedes deberán reconocerme como una posible superviviente a los avatares contenidos en nuestra futura historia, pues, como lo auguró Darwin, quedaremos quienes seamos capaces de adaptarnos a los cambios. Bien, he salido más o menos airosa de varios sexenios, políticas educativas, sistemas disciplinarios paternos, modas mil, sin embargo, este asunto bipolar sobre las cosas benéficas y/o dañinas para el organismo humano es algo insostenible.
El año pasado hice el sacrificio del café, pues una importante revista digital publicó las mil barbaridades ocasionadas en los intestinos por este suculento regalo de dioses, quienes, entonces, los imaginé malditos y sanguinarios. Doce meses después, resultó en un cierto beneficio si se toma en cantidades medidas, concentraciones controladas, temperatura precisa; así, he pasado seis meses presa del termómetro, el milímetro y los gramos.
Hoy, resulta que el café no es siquiera inocuo, sino capaz de salvarnos la vida a usted, a mí y todos los demás. Leí sobre su mucho parecido con el Aceite de Malabar, el ofrecido por altavoz en las calles citadinas, elíxir con cualidades suficientes para echar por tierra males cardiacos, endocrinológicos, dermatológicos y respiratorios, entre otros. Igual el café.
Mucho temo mañana encontrar otras novedades, por ejemplo, los muchísimos beneficios del café, pero ingerido entre 8:38 y 9:13 a.m., antes del desayuno, si se está en el peso ideal, cuando no duela la cabeza, siempre y cuando una esté vestida de rojo, tenga mascota menor a dos años y el marido no esté en el baño. Bueno, esas historias de los mexicas y sus obligaciones para entregar impuestos consistentes en pollos justo al nacer, se quedan cortos con los vaivenes a los cuales nos enfrentan en la actualidad.
No, señor, mi problema no es este gusto grande por el café, sino mi necedad por seguir leyendo. Ahí radica el ajo y lo voy a resolver, justo ahora. No leamos más.
(dreyesvaldes@hotmail.com)