Los días lluviosos son una oportunidad para la meditación, el recogimiento, la introspección; son la contraparte de la luminosidad aturdidora, la transparencia deífica para el acicalamiento natural, pero, sobre todo, son una calamidad para las señoras.
Refiero a las señoras cuyas tradiciones les impiden sacar sus trapitos a un sol ajeno, ante ojos desconocidos, a las aviesas intenciones de una lavandería; también les pasa porque no tienen suficiente efectivo y deben seguir a pie juntillas eso de "la ropa sucia se lava en casa".
Ante esta desesperada situación y el alto precio del gas -además, claro, en apoyo al ahorro energético, las propuestas ecológicas pro disminución en el hoyo del Ozono, escasez de energéticos-, no queda más remedio que emular a esos personajes subiendo y bajando el piano.
Mis vecinas, Marianita y Soledad, nada más ayer pusieron y quitaron tres veces las camisetas de sus respectivos viejos. Blancas, albas, níveas, pulcras todas ellas, las camisetas, salían y entraban a casa. Maltrechas y arrugadas, las vecinas, fruncían el ceño para destender; para tender estiraban la sonrisa. Así todo el día; como sea, al final, los caballeros hubieron de vestir unas blusitas ajustadas y muy monas, de sus señoras, porque el agua no dejó para más, a reserva de elegir inscribirse en algún concurso de camisetas mojadas (No lo comenten, pero ambos hubiesen quedado en último lugar si subían a la barra).
Tantos días continuos con lluvia y nublazón han dado para mucho estrés entre las amas de casa. Todas las "piezas" -diría Doña Andrea-, abrazan un colgadero por doquier, cuya imagen lleva más a recordar un bazar tipo Flans que una casa familiar. Ese es otro dilema entre las mujeres.
A la sala van los pantalones, camisas, blusas y faldas; las recámaras refulgen con camisetas y calcetines; el baño lleva la peor parte: todos los interiores penden entre el tubo cortinero, la repisa toallera, el depósito y la perilla, de modo tal que es imposible entrar y darle el uso para el cual fue creado dicho sitio.
No olvidé la cocina, señor mío, esa está destinada para los uniformes. Esto explica, claramente, por qué en época lluviosa, a menudo los niños acuden a la escuela con un pantalón cuya pierna derecha está medio achicharrada, la manga con trazos de leche hervida y el suéter lleva motas tonalidad yema de huevo.
La lluvia es buena, nadie discute el punto, lo malo es cuánto moja.
(dreyesvaldes@hotmail.com)