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PÚBLICO Y PROPIO

Saúl Gómez Guzmán

Columna del Seminario Diocesano

IGLESIA Y VIOLENCIA

Queda claro que el problema de la violencia criminal generada en los últimos años en el País, ha rebasado todas las estructuras sociales incluyendo a la Iglesia Católica, particularmente a nuestra Iglesia de Torreón, donde se aprecia una sensación de desatención a las ovejas más vulnerables ante esta situación dolorosa. Como ya lo decía el obispo de Saltillo, don Raúl Vera, citando un texto de la sagrada escritura: "el pueblo anda como oveja sin pastor".

Y es que pareciera que ha faltado una cierta organización que de efectividad a acciones que buscan atender este desorden social. Lo digo sobre todo en orden a la vocación primera de la Iglesia en cuanto a su ministerio profético, ministerio de anuncio del reino, pero también de denuncia ante las injusticias y todo aquello que atente contra la paz que es Don de Dios.

Desgraciadamente hasta el día de hoy la labor de la Iglesia ha sido mínima en cuanto a respuesta y atención a las víctimas. No quiero decir que no se está haciendo nada pero sí trato de remarcar que ha faltado consistencia en los planes y proyectos a nivel diocesano que involucren a todas las parroquias en una labor totalmente evangélica como lo es la solidaridad con los que más sufren. Que en estos tiempos son las víctimas del crimen organizado.

Me da la impresión que los guías espirituales, se han quedado solamente en eso, en cuestiones espirituales, con ideas erróneas de una visión escatológica y apocalíptica donde al final de todo, Dios habrá de juzgar a todos por sus obras. Sin embargo creo que existe un punto de referencia anterior a esta idea que es el mensaje de Jesucristo quien con su vida confirmó la voluntad de Dios de que quiere la salvación de todos. Criminales y víctimas. Tomando en cuenta este principio, me gustaría que nuestra Iglesia se distinguiera por la denuncia de tantos y tantos abusos a nuestro pueblo, más que por la prudencia y oraciones piadosas. Que se distinguiera por la capacidad de organización y solidaridad con los que sufren y sobre todo que se distinguiera en ser a imagen de Jesús, una Iglesia que da la vida por sus ovejas.

Remarcó también la entrega de muchos sacerdotes víctimas de la violencia que han sabido enfrentar con identidad evangélica esta problemática. A la vez me invito e invito a todos los lectores a sumar esfuerzos por buscar caminos de justicia y de paz, pero buscarlos juntos, solidarios, en un mismo rebaño y con un mismo pastor.

Invito también a los sacerdotes a impregnarse de todo el sufrimiento que padecen familias enteras, a no ser indiferentes ante el llanto de quien llora una pérdida y a nunca desistir en la vocación de servicio a la que han sido llamados. A interesarse más por el bienestar de todo el pueblo de Dios.

Jesucristo nunca dudó en enfrentar la violencia de manera pacífica. Recuerdo a los sicarios que querían apedrear a una mujer por adulterio. Esa actitud debe preñar a todo seguidor de Cristo; actitud libre y liberadora, que no juzga y que perdona y que a su vez es camino esperanzador para todos en la construcción de la paz.

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