Columna del Seminario
Todos somos invitados…
A casi ocho años del pontificado de Benedicto XVI y hasta el pasado mes de febrero donde el ahora Papa emérito se reconocía con pocas fuerzas para seguir llevando el ministerio Petrino, nos ha dejado grandes enseñanzas para la vida de la humanidad y de la Iglesia un gran hombre que sorprendió por su admirable decisión pero sobre todo por ser un hombre lleno de esperanza, lleno de firmeza, de paz y tranquilidad. No sólo hay que quedarse con el acontecimiento, hay que sacar los frutos de la enseñanza que Benedicto XVI nos deja en estos pocos pero fructíferos años de arduo trabajo no sólo para los católicos sino a toda la humanidad.
En esta nueva era en la que estamos inmersos la Iglesia en general y sacerdotes tenemos la obligación y profunda responsabilidad de la formación y educación en los valores humanos, la integridad como persona. Tener compasión por el otro, no significa estar tristes es comprender las situaciones de los otros, es momento de trasformar y dejar de vivir en los vicios desordenados. Es momento de que cada comunidad conformada por personas capaces del desarrollo personal y comunitario formando y educando nuevas convicciones que desde la fe y la razón reflejen y trasmitan la vida de la Iglesia. En ello aprendamos a reconocer a Jesús mismo, no en imágenes, sino en la persona, no somos otros cristos somos Él mismo. Y así como Él, nos debemos de conmover, acercarnos, entender, llorar, encolerizar, tener compasión, llenarnos de gozo, de alegría; podemos decir que con estos pocos verbos demostramos la inmensa humanidad de Cristo.
Es desalentador ver a la humanidad con una vida sin sentido, que el timón de la barca no lo lleva Dios; por eso como sociedad tenemos una gran responsabilidad, formarnos íntegramente para ser capaces de dar respuestas en una sociedad tan desordenada. La vida se puede comparar con un barco en aguas turbulentas pero Dios no permite el hundimiento, es el mismo hombre que no utiliza su libertad desde su ser responsable, se deja llevar por los sucesos o acontecimientos de la vida, podemos decir esta frase: "estás nadando de muertito" indiferente, adormilado, llevado por las olas intrascendentes, en pocas palabras una vida que se contrapone a la de Jesús de Nazaret.
Amar a la Iglesia implica darlo todo, tener fuerzas, coraje, ser celoso de la encomienda por parte de Dios, tener el valor de tomar decisiones por el bien de la Iglesia y no sólo a los sacerdotes sino a todo bautizado. Para llegar a todo esto es necesario hacer un alto y revisar nuestra vida, nuestra manera de pensar, de actuar, de ver la realidad, y tener esa gran virtud de humildad y saber reconocer las capacidades y virtudes, pero también las debilidades. Y ser celosos y competentes de asumir esta frase:
Por el bien de los otros y de la Iglesia estoy dispuesto a…
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