Una vez anunciada la ventaja de Nicolás Maduro de apenas 238 mil votos sobre Henrique Capriles en la elección presidencial venezolana, los discursos fueron muy reveladores. La confusión del ganador contrastó con la claridad del perdedor. El vencedor lucía noqueado, el derrotado alzaba los brazos.
Maduro osciló de manera errática entre la encendida retórica polarizante sobre conspiraciones, sabotajes y guerra sucia en su contra, y el anuncio de un intento tímido por pintar una raya con el pasado al afirmar que no tolerará más corrupción, que buscará corregir los errores y que estará abierto al diálogo.
Capriles fue directo para comunicar tres mensajes: los derrotados fueron Maduro y su gobierno, el movimiento opositor que encabeza no reconocerá el resultado hasta en tanto no se cuenten uno por uno los votos, y el de Maduro es "un gobierno de mientras tanto".
La situación es complicada, hasta indeseable para el ganador de la elección: una economía prendida con alfileres que parecen quebrarse y una sociedad venezolana dividida justo a la mitad.
Maduro estaría obligado a reconocer la nueva realidad del chavismo sin Chávez, buscar los instrumentos políticos para incluir a la mitad del país que no votó por él y construir una nueva legitimidad, necesariamente democrática, para tener una base desde la cual enfrentar el enrome reto económico que tiene enfrente, la inminente crisis, según los expertos financieros.
A juzgar por sus palabras de la noche del domingo, Maduro no ha decidido cómo intentará resolver el problema. Aún está a la mitad entre la tentación de pretender gobernar como si fuera un Chávez "pidata" y la necesidad de encontrar forma y tono propios.
La decisión no es fácil. Seguramente sectores duros del chavismo le aconsejarán profundizar el contraste, polarizar, ahondar la retórica victimista e intolerante; y sectores moderados le recomendarán buscar distensión, diálogo, apertura e inclusión. Quizá otros le sugerirán una vía intermedia. Difícil pronosticar por cuál optará.
En seis meses desde la última elección en la que compitió su mentor, un millón de votos para el chavismo cambiaron de color y la ventaja cómoda sobre sus opositores se esfumó.
Tiene razón Capriles al sentirse ganador de la contienda porque es notable el avance de una oposición hasta hace muy poco acorralada. Su discurso deja ver que apuesta al futuro, a la política y a la consolidación de lo ganado. Pero tampoco en su bando está descartada la tentación del berrinche inmediatista que derroche el capital político acumulado en las recientes contiendas.
El chavismo está sacudido y su candidato envía señales contradictorias. Si equivoca el camino podría terminar por hacer realidad la afirmación de Capriles de que el suyo es sólo un gobierno de mientras tanto. Y si es así, significará que el desastre económico golpeará a todos los venezolanos, independientemente de por quién hayan votado.