Alimentar a poco más de veinte millones de tragones que habitamos en el D. F. es cosa seria. Sólo para dar idea de lo que digo los capitalinos consumimos diariamente 100 millones de tortillas y bebemos 600 mil litros de café. Nuestra Central de Abastos comercializa cada mañana 27 mil toneladas de alimentos además de los 318 mercados públicos y las 60 rutas de mercados itinerantes que en un acto de malabarismo puro, aparecen todas las mañanas en diferentes puntos de la ciudad para acercar fruta y verdura fresca y barata a esas cocineras milagrosas que son las mujeres mexicanas.
Antes de que amanezca ya aguardan en las esquinas los humeantes botes de atole, tamales y las llenadoras guajolotas (torta de tamal) para que con poco dinero rompan el ayuno los miles de trabajadores que abandonan sus hogares en la madrugada. "Sale uno bien temprano y con la panza de farol", dice mi albañil de cabecera quien todos los años por estas fechas viene a tapar las pertinaces goteras de mi techo. Pronto tendré que pedirle que tape también las de mi cerebro que amenaza con gotear. A los empleados con horarios menos groseros los esperan en las esquinas los puestos de jugos y una variada oferta de fruta bien copeteada de crema batida, miel y cereales. Para los más exquisitos están las pollas con su yema y un piquete de jerez. A la hora del almuerzo los tacos de canasta llegan en bicicleta y en las aceras se multiplican las habilísimas manos de las mujeres que lo mismo montan el tenderete, preparan la masa para cocinar esas humildes delicias ante las cuales hasta la voluntad más templada se debilita: sopes, gordas rellenas de frijol o chicharrón prensado, quesadillas de papa, de hongos, de flor y a veces hasta de queso; y también cobran con exactitud la cuenta de sus clientes. Los fines de semana la oferta callejera se intensifica, efímeros restaurantes se improvisan en aceras y camellones con su oferta de pancita, de humeantes tazones de caldo de carnero, tacos de barbacoa y las salsas bien picosas para sobrellevar la trasnochada del viernes social, sin restarle clientela a los puestos de la mexicanísima torta, esa extravagante combinación tan del gusto mexicano que consiste en untar en una telera frijoles, queso, mostaza, mantequilla, aguacate, jitomate, crema, jalapeños y lechuga, para después rellenarla al gusto con milanesa, chorizo, bacalao, jamón o cualquier otra cosa que se nos ocurra.
En franco desafío al agresivo tránsito de esta capital, miles de motocicletas se movilizan entre los autos para poner en menos de veinte minutos una pizza caliente en cualquier mesa, y para los aficionados a la comida chatarra están también los imprescindibles McDonald's y sus variantes. Existen en esta capital treinta mil cafeterías, restaurantes y bares que ofrecen restauración para todos los gustos: mariscos, comida italiana, china, japonesa, hindú, francesa, argentina e internacional (cualquier cosa que eso signifique) aunque la cocina mexicana sigue contando con la preferencia de la mayoría. Los hay para todos los bolsillos aunque los restaurantes caros y exclusivos son los favoritos de los diputados quienes se atiborran de bocados exquisitos y experimentan con selectos tequilas y vinos a cargo de nuestros impuestos. Esta capital es a toda hora y cualquier día de la semana un comedero. Lógico, padecemos un serio problema de obesidad que los gimnasios capitalizan maravillosamente, y donde los gordos intercambian dietas y direcciones de nutriólogos antes de pasar a la cafetería a despacharse unos nutritivos chilaquiles dietéticos.
Las clínicas de control de peso hacen su agosto todo el año entre los comedores compulsivos, y contra las prohibiciones, no faltan los listos que se ganan su buena lana metiendo en los gimnasios y en las escuelas comida chatarra de contrabando. Cualquiera diría que por comida no paramos, especialmente ahora que Rosario Robles que como le recomendó Peña Nieto no se preocupa por el uso electoral "In fraganti" de la Cruzada contra el Hambre; forcejea con el Jefe de Gobierno del D.F. para imponer cada uno su particular programa de ayuda alimentaria. Cualquiera diría que por comida no paramos y sin embargo en esta sociedad sobrealimentada, hombres y mujeres hurgan todos los días entre los abundantes deshechos de la Central de Abastos cualquier clase de bazofia con que alimentarse, mientras sexenio tras sexenio en efusivos discursos celebrados con fanfarrias y seguidos de comilona, los presidentes en turno anuncian cifras millonarias para acabar con el hambre.
Hace muchísimos años una mañana Fidel Castro anunció a su pueblo: "Hoy todos los cubanos comeremos mantequilla". Aunque haya sido sólo un día en que todos los cubanos comieron mantequilla, todavía ningún presidente de México ha podido decir lo mismo.
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