Hace tiempo escuché a Juan Ramón de la Fuente, quien fuera rector de nuestra máxima casa de estudios la UNAM, que en base al triunfo de nuestra Selección de Futbol Sub-17 y a la postre el triunfo de nuestro orgullo tricolor la Selección Olímpica -en la que por cierto brilló nuestro orgullo lagunero Oribe "El Cepillo" Peralta- argumentó palabras más, palabras menos, lo siguiente: "Nuestra juventud tiene hambre de triunfo, nuestra juventud nos muestra una y otra vez su gran capacidad, y considero que lo único que les ha faltado son oportunidades, sí oportunidades de demostrarlo". Me pregunto, ¿quién nos ha negado esas oportunidades?, ¿quien? En el futbol bien podría culpar a directivos, promotores, directores técnicos, a la misma afición, sí, todos y cada uno han contribuido a negarle la oportunidad a futbolistas jóvenes que tal vez tienen el talento, pero quizá no tienen en la cartera el respaldo necesario para triunfar a lo grande o no cuentan con "la palanca" que los impulse al mismo triunfo, triunfo que sólo unos pocos afortunados han podido lograr.
Pero aplicado a la vida ¿quien nos ha cerrado la puerta?, ¿quién nos ha negado las oportunidades?, sí, oportunidades que quizá nunca se den. Al culpar a alguien me viene a la mente tantos políticos que se han dedicado a cerrarle la puerta a la juventud de México, juventud que ha buscado en el estudio, la superación y el éxito; ¿cuántos jóvenes desempleados llenos de capacidad convivimos día a día buscando el empleo que por derecho constitucional nos corresponde?, ¿cuántos?
También podría culpar a empresarios que se han aprovechado de la situación de desempleo y que aunque dan trabajo a jóvenes preparados, capaces y talentosos, los mantienen con sueldos de risa y si no me cree amigo lector, bien podríamos hacer una encuesta para ver el resultado.
Podría culpar a los maestros que se han olvidado del amor a la enseñanza, que se han olvidado de concientizar a los alumnos de la importancia del estudio, que se han olvidado del gran valor de la educación, que se han olvidado de que en cada niño y joven se encuentran los cimientos de un mejor país, de un mejor futuro.
Podríamos culpar a la delincuencia que poco a poco se ha adueñado de las calles, que nos tiene cautivos en nuestros propios hogares, que nos ha quitado las pocas fuentes de empleo que tenemos (para muestra los cientos de negocios que han cerrado por esta causa), que prácticamente desapareció el sano esparcimiento de los jóvenes, y de la vida nocturna, pues ya ni hablar.
Podría culpar a cada uno de nuestros padres pues como pilar esencial de la sociedad sí que han fallado, pues se han olvidado de enseñar lo más básico en cuanto a valores se refiere, pues se han olvidado de la importancia de educar íntegramente a los hijos, pues se han olvidado de lo más básico, de volver los ojos a lo que funcionaba; de volver los ojos a Dios.
Para qué buscar culpables, para qué culpar a directivos, promotores, directores técnicos, afición, políticos, delincuencia, empresarios, maestros, padres, ¿para qué?
CULPABLES SOMOS TODOS Y CADA UNO DE NOSOTROS, sí, nosotros mismos nos hemos negado las oportunidades de triunfo, sí, el triunfo de la juventud, de la juventud que busca con ansia una sola cosa, la oportunidad que se ha negado, la oportunidad de un país mejor.
¡Hasta la próxima!