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Un Gobierno inmaduro

ALAN DAVID BARRAZA
“El buen gobierno es aquel que consigue que la gente desee vivir de tal modo que no sea necesaria su intervención."— Aprendiz de Asesino, Capítulo 8 de Robin Hobb

Apotegma y palabras que en un análisis exhaustivo revisten de alcances importantes. En particular ésta surge de un universo de piezas literarias que forman parte del género de la fantasía bélico-política, no son muy conocidos y aclamados en nuestro país como lo son en naciones potencia, donde el aprecio por la literatura contemporánea es álgido. Se da el caso que una de esas obras contiene un pensamiento sumamente brillante que debería configurar una máxima en el quehacer político. Se trata de la saga de los Vatídico autoría de Robin Hobb, en su primer volumen llamado "Aprendiz de asesino", en la que un gobierno imperial debía dirimir diferencias entre subordinados que tenían a su potestad gobiernos inferiores, solucionando el embrollo con la intervención más sutil posible, respaldando su soberanía en la pasividad reguladora, en provocar la certeza en sus gobernados que con su mera presencia el orden y control están asegurados, así que en caso que deban mostrarse en el foco sólo sería cuando la gravedad lo amerite, es de esa forma pues el mensaje, que el poder se ejerce efectivamente.

Actualmente en los entes políticos del mundo difícilmente contemplamos un ejemplo de esa magnitud, pero sí atisbamos muy claramente una antítesis de esto, el nombre es: Nicolás Maduro. Un personaje que accedió al poder bajo condiciones dubitablemente legítimas, en la que su mérito real fue estar detrás de su predecesor fácticamente dictatorial, proveniente del sindicalismo socialista en el sector de transporte público, su carrera política fue de padrinazgo chavista desde sus inicios, la forma en la que ha querido granjearse el estatus soberano efectivo ha sido el ocupar los reflectores de la opinión pública, posibilidad que la estructura intervencionista de su gobierno le permite. El punto toral que le convierte en lo opuesto al gobernador exitoso es como desde su comienzo pretendió legitimarse del cobijo de Chávez a niveles aberrantes, la declaración de presenciar una aparición mágica del espíritu del recién fallecido así como la aseveración pública en la que afirmó que su benefactor intercedió en el reino celestial para erigir un papa latinoamericano, lo confirmaron.

A ese respecto, en relación al origen real del cual emana su posición actual, muy independiente de las elecciones extraordinarias celebradas a principios de abril de este año. Maduro es quien es por el vínculo que a la sombra guardó, por ello, es prudente hacer otra cita de un gran politólogo anacrónico. Nicolás Maquiavelo en su "Príncipe", explica ampliamente los factores que hacen de un dirigente público un éxito como ente estatal. En uno de sus capítulos narra sobre los medios de hacerse con el poder como indicador de su calidad, el contraste en el que por méritos o talento propio ya sea por amor o temor del pueblo un actor político logra granjearse, conservar y consolidar su poder es cuando se logra tener un ente sólido, benéfico o pernicioso, pero estable al fin (caso de Chávez desde sus comienzos). Frente y a diferencia de ello cuando es la suerte o los méritos ajenos los que germinan el poder, la base de su propia columna como gobernante está defectuosa y es cuestión de tiempo a que por sí sola se tambalee, todo venezolano y extranjero saben que las elecciones fueron una farsa y que Maduro heredó de Hugo Chávez Frías el Gobierno de Venezuela.

Por ello y porque desde siempre ha visto amenazada su legitimidad como mandatario popular, sólo por medio de la polémica y la alteración de medios es que pretende fundar su soberanía. En lo más reciente, sus declaraciones sobre lo acontecido en Siria, en la que junto a la televisión nacional están invistiendo a Al Assad como un héroe por su acérrima resistencia al detestable enemigo americano, suceso que se acompañó de la polémica en la que alegó la negativa de permiso a sobrevuelo en ese país durante su viaje a China, así como en las trabas para expedirle visas a su delegación ante la Asamblea General de la ONU en Nueva York, a lo que la portavoz del departamento de Estado ha replicado negándolo, pero Maduro y su discurso alarmista hablaba ya de medidas diplomáticas drásticas (vía corte internacional de justicia), hasta insinuó de la necesidad sobre un cambio de sede de la Asamblea General.

Vemos aquí un ejemplo de poder necesitado de intervención constante y reflectores caricaturizados para hacerse notar y más aún para positivarse, es decir, para conseguir la aceptación y consolidación. Un poder que emana de causas pasadas y de intereses ya extintos, que en la realidad se respalda sólo en ingresos petroleros de crudo y un discurso desgastado; debe ocuparse Maduro de cimentar su poder antes de acudir a la Asamblea General a abogar por causas que al menos por ahora en nada le incumben.

@alanbarrasa

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