Quizá los horizontes finales no estaban tan lejos como una vez quisimos pensar. Es la historia de vida de seres que caminaron juntos, codo con codo, un prolongado trecho. De los amigos que emparejaron sus pasos cuando deambulaba persiguiendo estimular su condición física. De las lecciones que con gran elocuencia se desprendían de sus palabras, llenas de parábolas dirigidas a develar los secretos de la vida de los que estaba enterado con gran profusión. Fue un guía, al que no se puede sino calificar de talentoso, tanto para su familia como para sus amigos. Tenía ese don reservado a los favoritos de los dioses: el de la comprensión.
Era tal su perspicacia que lograba lo difícil para tornarlo fácil con agudeza y penetración del estudioso de la condición humana. De ahí surgiría la columna periodística que se intituló simplemente Nauyaca, un portento de efemérides, sabiduría condensada, un retrato social de cómo somos en realidad. Decía lo que nadie se atrevía a decir con esa elegancia y desparpajo que ninguno podía quejarse de haber sido ofendido. Y es que en realidad eran palabras chuscas aunque un tanto punzantes. Sabía equilibrar sus comentarios con tal maestría que surgían de una vida de lectura y estudio que entronizaba su criterio hasta llegar al paroxismo de lo perfecto.
En las primeras horas de la mañana se había vuelto costumbre para los vecinos leer ese estupendo compendio de noticias que encerraban todo un tratado filosófico de ver las cosas sin más tapujo que el respeto al buen decir. Había ocasiones en que de buena gana el lector se sorprendía carcajeándose de las chispeantes ocurrencias que brotaban de su ingenio como tulipanes silvestres en el estío veraniego.
¿Dónde quedó la juventud? Las horas pasaron sin casi darnos cuenta. Se fueron yendo los días uno tras otro y con ellos empezamos a irnos, un poco a la vez. Él tuvo a su lado a una dama con la que se cumplió la sentencia de que detrás de un hombre que triunfa hay una gran mujer, acompañándolo hasta el último suspiro cuando un remanso de paz puso fin a su existencia y le cerró los ojos con mano piadosa. Habían llegado las calendas griegas que denotan un tiempo que no ha de llegar. En el caso, el tiempo se había detenido. ¿Qué nos espera acechante si no la eternidad? El porvenir ya no es nuestro, lo vivirán las nuevas generaciones. Quedará su ejemplo de rectitud, su nobleza, su integridad, su don de gentes, las páginas en blanco que toca a las siguientes generaciones reseñar en el devenir histórico de nuestra comunidad.
Decía el poeta Salvador Díaz Mirón, en su poema a Gloria, que el mérito es el náufrago del alma, vivo se hunde, pero muerto, flota. Puede decirse que don Antonio Irazoqui y de Juambelz es la excepción a esa regla. Él en vida supo cosechar y tuvo el reconocimiento de sus contemporáneos que no escatimaron elogios a su limpia trayectoria, a su preclara inteligencia y a su probada calidad humana. Bien, ésta la considero una epístola que es el nombre arcaico de un escrito o carta. Su partida la hemos sentido profundamente. Descanse en paz.