Un trilobite en el rave
De pronto uno se despierta una mañana y se encuentra con que ya es un trilobite. Un artrópodo hecho piedra, individuo del Precámbrico, el auténtico bisabuelo de los escorpiones, las arañas, las langostas y los cangrejos. No es el fusil de Gregorio, sucedió así como sus ojos lo escuchan: un día desperté siendo sólo una piedrita con ojos, un rastro de patitas y un leve caparazón articulado que no logró protegerme de los años que me cayeron encima. En el pétreo estado de reposo, me dediqué a reflexionar sobre lo que lo convierte a uno en un ser anacrónico. Llegué a la conclusión de que no es el tiempo, ni la edad, sino la diferencia de contexto y de sentido.
Así me pasó este fin de semana en un rave al que fui invitado -preposada digital. Cuando me di cuenta de que la moda de los conciertos masivos ya no es el anhelado Woodstock, ni siquiera la versión descafeinada que representan el festival de Avándaro ni sus hermanitos menores como el Vive Latino (versión con distorsión de aquel Siempre en Domingo que nos marcó como una varicela de segundo grado). Lo que ahora se vive como concierto masivo es totalmente distinto. Es la efervescencia por la música electrónica: ya no está en juego la reivindicación del mundo, la aniquilación de la injusticia, ni la paz como emblema. No hay naciones, ni ciudadanos, ni proletariado, no queda casi nada. La psicodelia ya no redime al mundo de sus culpas, no hay fusiles, ni rosas en el mar, no hay motivos para hacer el amor ni la guerra.
Las colectividades son ahora sumas de individualidades, tan marcadas que más bien cabe preguntarse si la colectividad no ha sido siempre una desilusión más IVA. Esta vez el pretexto (un buen pretexto) para aglutinarse es la música electrónica: desde el pasivo abstemio, hasta el frenético bailarín multidrogado cayeron en el embudo del bombo repetido en un juego de espejos. Así funcionó el rave en la playa Tres Vidas de Acapulco, Guerrero. La asistencia se calcula en 20 mil seres, casi todos de este mundo. ¿Qué arrastra a tantos detrás de la electrónica? Como buen felino que de repente suelo ser, me fui hasta allá tratando de desmadejar una bola de estambre de tintes más bien fosforescentes. Me vi entonces rodeado de jóvenes (de verdad jóvenes), y caí en cuenta de que el título que a veces ostento ya no es más que la credencial de un miembro honorario, el birrete del decano, la mecedora en donde duerme la abuelita mientras los nietos rebotan en las camas. Los dioses me guarden de que un tránsito me agarre conduciendo con aliento a naftalina: no señor oficial, no es nostalgia lo que he bebido, ni he empezado a tejer la mortaja. Por el contrario, espero no traicionar mis zapatos de ante azul si reconozco que el concierto me gustó, como puede gustarme un platillo extraño que te dan a probar en un pueblo al que llegaste quién sabe por qué suertes y al que después vuelves porque extrañas el sabor de la comida.
En parte la mostaza acústica la pusieron los músicos: el cartel estuvo conformado por distintos DJ: Hardy Hard, Dr. Motte, Richie Hawtin, Barry Gilbey, Thomas Penton, Klang, Ronsky Speed, Nikki a.k.a Vero Elton, Pedro Delgardo, Mara, Fahed y muchos otros oficiantes de la música electrónica internacional. Admito que no conocía a ninguno de ellos, pero sus ejecuciones dejaron en mí la impresión de que hay algo en esta música que quiere retornar a las raíces. Tal vez detrás de los cables, los audífonos, las secuencias y los samplers hay algo de dioses y tambores, de aullidos primarios buscando correr hacia adentro de uno mismo. Puede ser que me equivoque, pero esa es la impresión que me llevo: no hay ahora ningún refrente en especial, porque necesito saber primero dónde están mis límites.
Si en los setenta el miedo era que un dedo omnipotente presionara el botón que desatara la tercera de las grandes, hoy la atmósfera es como si el botón a oprimir fuera el del ‘reseteo’ general. El Windows de Dios se trabó y hay que pulsar el Control+Alt+Supr no por desencanto, sino por falta de compromiso ¿Compromiso con qué o con quién? Miento un poco si digo que no hay postes que detengan los columpios: durante la presentación de Hardy Hard, tras la psicodelia que vestían las pantallas, alcancé a leer numerosas veces el lema NOT WAR, NOT WAR. Pero lo alcancé a ver porque allí me reconozco. Por las pantallas aletearon mariposas, siluetas femeninas, casi todos y casi nadie. Cuando no hay compromisos, el cuerpo se suelta y entonces el único llamado que se atiende es el de los sentidos, si un bombo sale al paso, no hay quien lo resista.
Twitter: @Frino_B